Luiz Inácio Lula da Silva ganó la segunda vuelta presidencial de Brasil el 26 de octubre de 2026 con el 51.79% de los votos, revirtiando el resultado de la primera ronda en la que había quedado por debajo de Flavio Bolsonaro. El triunfo es inédito en la democracia brasileña: ningún candidato derrotado en primera vuelta había logrado imponerse en la segunda desde la restauración democrática en los años 80. Más de 64 millones de brasileños respaldaron al líder del Partido de los Trabajadores, que se prepara para asumir su cuarto mandato presidencial.
La remontada que nadie en la derecha brasileña quería ver
El 4 de octubre, Flavio Bolsonaro —hijo del expresidente Jair Bolsonaro— ganó la primera ronda y se posicionó como favorito. Tres semanas después, el mapa político de Brasil se invirtió. La clave fue una movilización sin precedentes articulada desde el Partido de los Trabajadores (PT): el diputado André Janones coordinó el llamado ‘Ejército de Lula’, una red digital que reunió a once millones de personas en apenas tres semanas por WhatsApp, enfocada en reactivar a los votantes que se habían abstenido en la primera vuelta. La reducción de dos puntos en la tasa de abstención durante la segunda ronda confirma que la estrategia funcionó.
El sábado 24 de octubre, la Avenida Paulista de São Paulo —feudo histórico del PT— concentró una manifestación masiva a la que asistió el propio Lula junto al vicepresidente Geraldo Alckmin, el exministro Fernando Haddad y las exministras Marina Silva y Simone Tebet. El acto fue el punto de mayor visibilidad de una campaña que también incluyó medidas concretas para las clases populares: la introducción de un segundo día de descanso semanal en sectores donde antes solo se descansaba el domingo, y un incremento en las partidas del programa Bolsa Familia, que beneficia a 25 millones de personas. La política social como argumento electoral, y funcionó.
Bolsonaro denuncia ‘trampas’ mientras su padre ve la derrota desde arresto domiciliario
Flavio Bolsonaro, que se quedó en el 48.21% de los votos, no reconoció la victoria de Lula. En su discurso post-electoral habló de ‘trampas’ en el proceso, apuntando específicamente a la decisión del Supremo Tribunal Federal de ampliar dos horas el horario de votación en ciudades afectadas por problemas de transporte, entre ellas São Paulo y Salvador de Bahía. El detalle que el propio equipo de Bolsonaro omitió en su denuncia: también había solicitado esa misma ampliación de horario en otras ciudades. Bolsonaro sugirió incluso que las elecciones deberían anularse, un eco directo del golpismo que ya protagonizó su padre en 2022, cuando el expresidente Jair Bolsonaro tardó semanas en reconocer su derrota frente al mismo Lula.
La noche del 26 de octubre, Jair Bolsonaro, quien fuera presidente durante la pandemia de covid-19, vivió la derrota de su hijo desde su domicilio, donde cumple condena en arresto domiciliario desde julio de este año. El contraste fue brutal: mientras el padre convicto veía caer su proyecto político familiar, Lula celebraba en São Paulo y advertía en su discurso sobre la injerencia de las multinacionales tecnológicas en el proceso electoral. Brasil repite el patrón de 2022, pero con los roles invertidos: ahora es la familia Bolsonaro la que pierde y denuncia fraude.
El mandato que viene no será sencillo para Lula. La mayoría del Congreso y del Senado siguen en manos del Partido Liberal bolsonarista, lo que abre la posibilidad de un bloqueo legislativo sistemático. A eso se suma la sombra del golpismo que ya estuvo presente en 2022 y que la negativa de Flavio Bolsonaro a reconocer los resultados vuelve a activar. ‘Esta elección me ha dejado muchas enseñanzas. Vamos a cambiar la forma de gobernar este país’, dijo Lula al cierre de su discurso de victoria.
- Qué pasó con Jair Bolsonaro en 2022 cuando perdió las elecciones
