El rinoceronte blanco del norte acaba de cruzar una frontera de la que no hay regreso: la extinción funcional. Solo quedan dos hembras vivas en el mundo —Nájin y Fatu, resguardadas en el Ol Pejeta Conservancy en Kenia— y ninguna puede reproducirse de forma natural. No hay machos. No hay colonia. Hay dos animales y el peso de toda una especie sobre ellos.
Qué significa que una especie sea ‘funcionalmente extinta’
Funcionalmente extinta no es lo mismo que extinta. Significa que la especie ya no puede perpetuarse por sí sola, aunque todavía haya individuos vivos. En el caso del rinoceronte blanco del norte, el último macho —Sudan— murió en marzo de 2018 en ese mismo santuario keniano, a los 45 años, después de una larga enfermedad. Desde entonces, la cuenta regresiva dejó de ser metáfora.
Nájin tiene problemas en las patas traseras que le impiden soportar el peso de un apareamiento. Fatu tiene una condición uterina que le impediría gestar. Las dos juntas representan el final de un linaje que caminó por África durante millones de años. extinción funcional especies animales
La diferencia entre extinción biológica y funcional importa porque todavía hay una ventana —pequeña, costosa, incierta— para intervenir. Y eso es exactamente lo que los científicos están intentando.
La última apuesta: embriones congelados y fecundación in vitro
El proyecto BioRescue, liderado por el Instituto Leibniz para el Zoo y la Investigación de la Vida Silvestre junto con el consorcio internacional Ol Pejeta, lleva años trabajando en la única ruta que queda: crear embriones de rinoceronte blanco del norte en laboratorio usando óvulos de Nájin y Fatu, y espermatozoides congelados de machos fallecidos, para luego implantarlos en rinocerontes blancos del sur —la subespecie más cercana— como madres sustitutas. fecundación in vitro animales en peligro extinción
En 2023 lograron algo que parecía ciencia ficción: crear embriones viables. Pero transferirlos con éxito a una madre sustituta es otro nivel de dificultad. Los rinocerontes tienen una gestación de 16 a 18 meses, son animales extremadamente sensibles al estrés y el procedimiento nunca se ha completado con éxito en esta especie.
No es imposible. Pero tampoco es una promesa. Es una apuesta científica cara, lenta y sin garantías, contra un reloj biológico que ya no tiene pilas.
Por qué llegamos hasta aquí
A mediados del siglo XX había más de 2,000 rinocerontes blancos del norte en África central. Para los años 80, la caza furtiva —impulsada por el mercado ilegal de cuerno de rinoceronte en Asia, donde se cotiza más caro que el oro— los había reducido a docenas. La guerra civil en la República Democrática del Congo terminó de colapsar las poblaciones que quedaban en los años 90 y 2000. caza furtiva rinocerontes África
La historia del rinoceronte blanco del norte no es la historia de un accidente natural. Es la historia de una decisión —o más bien, de millones de decisiones humanas— que se tomaron durante décadas mientras el número de animales caía y el mundo miraba hacia otro lado.
Nájin nació en cautiverio en 1989. Fatu, su hija, en 2000. Son las últimas. Y lo que pase con ellas —y con los embriones en los laboratorios— determinará si esta especie tiene algún capítulo más, o si lo que estamos viendo es, simplemente, el final.
