El 26 de abril de 2025, la Plaza de San Pedro se convirtió en el escenario de uno de los eventos más concurridos de la historia diplomática reciente. Miles de fieles y representantes de gobiernos de todo el planeta convergieron para despedir al Papa Francisco, quien falleció el 21 de abril a los 88 años. La ceremonia, presidida por el cardenal Giovanni Batista Re —decano del Colegio de Cardenales— respetó la voluntad explícita del pontífice de mantener una liturgia austera y sobria.
Lo que hizo singular este funeral no fue solo la magnitud de asistentes, sino el carácter sin precedentes de la convocatoria: 130 delegaciones nacionales, más de 60 jefes de Estado y 15 monarcas reinantes se dieron cita en un mismo espacio. Fue un acto que trascendió lo religioso para convertirse en un momento de diplomacia global, donde enemigos históricos, aliados estratégicos y rivales políticos compartieron un acto común de duelo.
Líderes de potencias globales en la plaza vaticana
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, asistió acompañado por su esposa Melania. Su presencia fue notable dado que Francisco había sido crítico con varias políticas estadounidenses durante su pontificado. El expresidente Joe Biden también acudió con su familia, lo que marcó un raro momento de bipartidismo en torno a un acto ceremonial de alcance mundial.
Emmanuel Macron representó a Francia, mientras que Javier Milei viajó desde Argentina —el país natal del pontífice— para presidir el funeral de quien fue arzobispo de Buenos Aires antes de su elección papal. Luiz Inácio Lula da Silva llegó desde Brasil, donde Francisco mantuvo una relación compleja pero respetuosa con la comunidad católica progresista.
Volodimir Zelensky asistió desde Ucrania en plena guerra, un gesto que subrayó la importancia que Francisco otorgó a los conflictos contemporáneos y su rol como mediador moral en la política internacional. El primer ministro británico Keir Starmer y el jefe de Estado alemán Frank-Walter Steinmeier también estuvieron presentes, reflejando el peso que el Vaticano mantiene en las relaciones diplomáticas europeas.
Monarquías de Europa y Asia en la ceremonia
Los reyes de España, Felipe VI y Letizia, encabezaron la delegación ibérica. Los reyes de Bélgica, Felipe y Matilde, viajaron desde Bruselas. El príncipe William de Gales representó a la monarquía británica, en una asistencia que subraya los vínculos históricos entre la Corona británica y la Iglesia Católica Romana, a pesar de la ruptura anglicana del siglo XVI.
El Gran Duque Enrique y la Gran Duquesa María Teresa de Luxemburgo también se hicieron presentes. Estas delegaciones reales transformaron la Plaza de San Pedro en un encuentro de casas reinantes, algo que ocurre raramente fuera de coronaciones o bodas de Estado.
Organismos internacionales y liderazgo supranacional
Más allá de gobiernos nacionales, Francisco fue despedido por representantes de la arquitectura institucional global. Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, António Guterres, secretario general de las Naciones Unidas, y Roberta Metsola, presidenta del Parlamento Europeo, asistieron en nombre de las instituciones multilaterales que Francisco consideraba fundamentales para la paz y la justicia internacional.
Estas presencias reflejaron cómo el Vaticano, aunque es un Estado de apenas 0.44 kilómetros cuadrados, mantiene una influencia diplomática desproporcionada en los asuntos globales. Francisco había cultivado relaciones con organismos internacionales que muchos líderes católicos tradicionales veían con desconfianza, lo que amplificó el alcance de su funeral.
Un funeral que fue acto político y espiritual
La ceremonia del 26 de abril no fue únicamente un rito religioso. Fue un acto donde la geopolítica contemporánea quedó momentáneamente suspendida bajo un propósito común. Líderes de naciones en conflicto, sistemas políticos opuestos y visiones de mundo radicalmente distintas convergieron en la plaza para honrar a un hombre que, durante dieciséis años, buscó ser puente entre ideologías.
El cardenal Giovanni Batista Re, quien presidió la liturgia a los 91 años, quedó designado para convocar el Cónclave del 5 de mayo, donde los cardenales elegirían al sucesor de Francisco. Esa elección determinaría si la Iglesia continuaría la línea pastoral del papa fallecido o tomaría un rumbo distinto. Pero en la Plaza de San Pedro, por al menos unas horas, esas consideraciones quedaron en segundo plano ante la magnitud de una despedida sin precedentes.
