Calbee, el fabricante de snacks más grande de Japón con más del 70% del mercado de papas fritas en el país, comenzará a vender 14 de sus productos en envases blanco y negro a partir del 25 de mayo de 2026. La causa está a miles de kilómetros: el bloqueo del Estrecho de Ormuz encareció la nafta, derivado del petróleo que es la base de las tintas de impresión a color. Una decisión de diseño que revela hasta dónde llega el efecto de una crisis geopolítica, y que abre una pregunta concreta: ¿importa el color del empaque para que algo sepa mejor?
De Ormuz a la bolsa de papas: cómo se encarece la tinta
El Estrecho de Ormuz, el canal marítimo que conecta el Golfo Pérsico con el Océano Índico, mueve aproximadamente el 20-25% del comercio mundial de crudo y cerca del 19-26% del gas natural licuado. Cuando ese tráfico se interrumpe o se encarece por tensiones geopolíticas, la cadena de consecuencias no se detiene en las gasolineras: llega hasta las tintas de impresión. La nafta, subproducto del refinado de petróleo, es la materia prima clave para fabricar tintas de color industriales. Con menos nafta disponible y precios más altos, imprimir una bolsa con el rojo y amarillo característico de Calbee se vuelve económicamente inviable.
El resultado: a partir del 25 de mayo de 2026, productos como las papas fritas clásicas de la marca, los snacks Kappa Ebisen y el cereal Frugra aparecen en anaquel con empaques limitados a dos colores. Cómo el conflicto en Ormuz está redibujando el comercio global Calbee fue enfática en aclarar que el cambio es puramente estético: la calidad, la seguridad y el sabor de los productos no se alteran.
¿Qué pasa cuando le quitas el color a un snack?
Aquí es donde la nota se pone más interesante. Los estudios sobre psicología del color en alimentos muestran algo consistente: el cerebro no espera a que la comida llegue a la boca para evaluarla. El color del empaque y del alimento mismo genera expectativas de sabor, frescura y calidad antes de que haya un solo mordisco.
En investigaciones del campo de la percepción sensorial, los consumidores calificaron un jugo de naranja más colorido como más dulce y más rico en comparación con uno idéntico pero de tono más pálido, aunque no había diferencia real en la composición. Los tonos rojos y amarillos se asocian con sabores intensos y estimulantes —lo que explica por qué dominan en snacks y comida rápida—, mientras el verde señala frescura y el azul, curiosamente, suprime el apetito. El blanco y negro no tiene una asociación de sabor establecida: es neutro, y esa neutralidad puede leer como sofisticación o como ausencia de identidad, dependiendo del contexto.
Para Calbee, que construyó décadas de reconocimiento de marca en ese rojo intenso, el riesgo no es de sabor sino de percepción. Un empaque sin color en un anaquel lleno de rivales de colores encendidos tiene que trabajar más duro solo para que el consumidor lo detecte. Es un experimento de marketing forzado por geopolítica, no por estrategia.
- Cómo el color en los alimentos afecta lo que comemos
