Bill Ott llevaba 14 años desaparecido en uno de los territorios más inhóspitos de Estados Unidos. En diciembre de 2025, miembros de la tribu Hualapai encontraron sus restos cerca de la base de un acantilado de 15 pies en la Reserva India Hualapai, en Arizona — a metros de donde equipos de búsqueda ya habían rastreado en 2012 sin encontrar nada. El 21 de julio de 2026, la Oficina del Sheriff del Condado Coconino confirmó oficialmente la identidad mediante pruebas de ADN.
El hombre que caminó el Gran Cañón de punta a punta
Ott no era un excursionista ordinario. Fue guardabosques en el Monumento Nacional Dinosaur de Utah, guía de rafting en el Río Colorado y uno de los exploradores más respetados del suroeste estadounidense. En 1981, se convirtió en la primera persona en completar un recorrido longitudinal por el lado norte del Gran Cañón — una travesía de 78 días caminando bajo el borde del cañón que lo volvió una figura mítica en los círculos de aventura extrema. Regresaba cada año a documentar paneles de arte rupestre milenario.
El 5 de abril de 2012, a los 65 años, Ott salió solo en una caminata de tres semanas por la Reserva India Hualapai en busca de paneles de piedra cerca de Mohawk Canyon. El plan era sencillo en papel: recorrer el cañón, salir por National Canyon, hacer autostop hasta un motel y llamar a un amigo para que lo recogiera en Flagstaff. Debía regresar el 28 de abril. No volvió. Como ya había llegado tarde otras veces y siempre se había rescatado solo, la alarma no sonó de inmediato. Lo reportaron desaparecido el 10 de mayo, doce días después de la fecha acordada.
La búsqueda que no encontró nada — y la tribu que sí
El operativo de 2012 fue masivo: participaron el Servicio de Parques Nacionales, el Departamento de Seguridad Pública de Arizona y otras agencias. Los equipos encontraron huellas de botas en la zona, pero ningún rastro de Ott. El terreno jugó en su contra: el Gran Cañón alcanza profundidades de hasta 6,000 pies y anchos de hasta 18 millas, y buena parte del área donde Ott caminó está en tierra tribal, no dentro del parque nacional, lo que complica aún más la coordinación entre agencias.
El quiebre llegó trece años después. Miembros de la tribu Hualapai encontraron restos humanos en diciembre de 2025 en la misma zona de búsqueda original — junto a la base de un acantilado, en una zona de pinos piñoneros y enebros por donde los equipos de 2012 habían pasado a metros de distancia. Con los restos había una pequeña mochila de día con su billetera, efectivo, cámara y GPS. Su mochila principal nunca fue recuperada. El Gran Cañón registra entre 10 y 15 muertes por año, y desde 2007 hasta mediados de 2024 el NPS documentó al menos 216 fallecimientos en el parque — pero Ott desapareció en terreno tribal adyacente, fuera del parque, donde el registro es aún más difícil.
El 1 de julio de 2026, las pruebas de ADN practicadas por el Departamento de Seguridad Pública de Arizona confirmaron la identidad. La causa de muerte no ha sido revelada por las autoridades. La Oficina del Sheriff del Condado Coconino agradeció públicamente a la tribu Hualapai por su papel en localizar y recuperar los restos — un reconocimiento que subraya algo que los equipos federales rara vez admiten: en estos territorios remotos, el conocimiento indígena del terreno vale más que cualquier operativo institucional.
14 años, un misterio que sigue abierto
Lo que la identificación cerró es solo una parte del caso: sabemos dónde estaba Bill Ott y que murió en esa zona de la Reserva Hualapai. Lo que no sabemos — y probablemente nunca sabremos — es exactamente qué pasó. Las autoridades no han dado detalles sobre la causa de muerte. Su mochila principal, con el equipo de tres semanas, no apareció. Quedarse solos en uno de los cañones más extremos del planeta, a 65 años, en una travesía sin red de seguridad, deja un margen enorme para el accidente, el agotamiento, la desorientación.
Ott pasó décadas explorando el Gran Cañón mejor que casi nadie vivo. Aun así, el cañón ganó. Para la comunidad de aventura extrema, su historia no es un fracaso — es un recordatorio brutal de que estos paisajes no perdonan, sin importar cuántos años lleves recorriéndolos.
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