La leche contaminada por Chernobyl que bebió toda una generación en México

Gustavo Pineda NegreteLunes, 1 de mayo de 2017 7:44

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El 26 de abril de 1986 se registró una de las tragedias más grandes provocadas por el hombre: el accidente nuclear de la central de Chernobyl, Ucrania. Dos explosiones sacudieron al país, a 120 kilómetros de la capital, Kiev.

A 31 años del suceso, las secuelas siguen presentes entre los ucranianos e incluso entre los ciudadanos de todo el mundo.


La explosión en Chernobyl soltó sustancias que llegaron a una altitud de 1.5 kilómetros, los vientos arrastraron la nube tóxica por todo el norte de Europa y una partícula de nombre Cesio 137 se adhirió a los cultivos y pastos. Finalmente, las vacas se alimentaron con la hierba contaminada y su leche y carne se volvieron cancerígenas para los humanos que la consumían.


En toda Europa, la psicosis provocó que toneladas de alimentos fueran destruidos. Pero algunos sacaron provecho de la caída de ciertas empresas que tenían que vender a toda costa sus alimentos: no podían tener pérdidas millonarias a causa de un accidente nuclear.


César Carrillo Trueba, a través de su artículo "Leche radioactiva, historia de una infamia", cita a Milán Kundera en "La Insoportable Levedad del Ser" para explicar cómo la ambición del primer mundo junto a la ignorancia del tercero logró acabar con las vidas de niños mexicanos en 1987.


«A causa de su inconsciencia este país perdió por siglos su libertad ¿y ustedes gritan que son inocentes? ¿Cómo pueden seguir mirando a su alrededor sin sentir terror? ¿Son capaces de ver? Si tiene ojos debería (como lo hizo Edipo) sacárselos y partir de Tebas».


Después de la catástrofe, la Organización Mundial de la Salud (OMS), emitió una alerta para que se suspendieran cualquier tipo de compras al mayoreo a las industrias que posiblemente podrían tener afectaciones por la contaminación radioactiva en Europa.

En México, la sugerencia fue ignorada, al adquirir 40 mil toneladas de leche en polvo y varias cantidades de mantequilla proveniente de Irlanda.


La compra fue hecha en 1987 y 1988 por la Comisión Nacional de Subsistencias Populares (CONASUPO) —organismo que desapareció en 1999— tras la venta de sus activos beneficiando a ciertos exfuncionarios federales con una suma estimada de 80 mil millones de pesos durante la administración de Carlos Salinas de Gortari.


CONASUPO compró la leche a la empresas Irish Dairy Board y An Board Baine Copp Ltd, cuyos vendedores buscaban a cualquier costo obtener las ganancias de los lácteos contaminados.

El cargamento ingresó por Veracruz en tres barcos, Adventure, Tenacious y Rmija, el 3 de junio, 13 de junio y 1º de noviembre de 1987, respectivamente.


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Por su parte, Guillermo Zamora, autor del libro "Caso Conasupo: la leche radioactiva, el crimen más atroz contra el pueblo mexicano", citó que durante 1987 a 1997, el cáncer infantil en México aumentó un 300 por ciento, lo que significa 900 menores afectados en la época, de los cuales, el 30 por ciento falleció.


En entrevista para Proceso, el ingeniero Teodoro Torres Goldaraz y Enrique Sánchez Alvarado, hablaron sobre el caso de sus hijas, Maribel Torres Delgado, de 13 años, y Alba Zagnithe Sánchez Mejía, de 15 años, quienes fallecieron en 1997 y 1999 respectivamente en el Hospital Infantil “Federico Gómez” de la Ciudad de México por cáncer.

Ambos dijeron que sus hijas consumían leche en polvo que repartía Conasupo en tiendas en conveniencia pertenecientes a las empresas irlandesas que presuntamente estaban contaminadas.


El ingeniero Torres Goldaraz, originario de Cuautitlán Izcalli, Estado de México, narró la vida de Maribel como una niña que en vida “fue un sol”, pero que poco a poco fue eclipsado por las negligencias de las autoridades.

Al fallecer Maribel, Teodoro empezó a platicar como los familiares de otros niños que tenían la misma problemática, y un punto en común, consumieron los lácteos que Conasupo colocó en todo el país.


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En 2013, el diario Proceso dio seguimiento al caso. Durante la visita de estado a México del presidente de Irlanda, Michael D. Higgins, donde firmó varios tratados sobre alimentación, nutrición y derechos humanos con su homólogo, Enrique Peña Nieto, el semanario solicitó datos precisos sobre la presunta leche radioactiva que ingresó al país. El silencio de Higgins fue notable.


En 2014, el periodista Guillermo Zamora, tras un correo solicitando respuestas al caso a la embajadora de Irlanda en México, Sonja Highland, respondió que en 1988 el entonces ministro para la Alimentación de Irlanda, Joe Walsh, confirmó que la leche descremada en polvo que llegó a México en 1987, cumplía con los estándares internacionales que solicitó la Unión Europea.


El propio Zamora, escribió en sus publicaciones que muchas personas fueron encarceladas y hostigados, entre ellos militares, marinos y científicos, por las propias autoridades federales de la época, entre ellos el Vicealmirante, Manuel Rodríguez Gordillo y el físico Miguel Ángel Valdovinos.

Rodríguez Gordillo en 1987 se encontraba en Veracruz, cuando vio a sus cadetes enfermar por el consumo de la leche proveniente de Irlanda. Él llamó a su gran amigo Valdovinos quien tenía la jefatura de Análisis Nucleares de Laguna Verde, en Veracruz.

El Almirante le envió parte de la leche en polvo para que la analizara el físico en su laboratorio, quien determinó que el lácteo bajo grandes cantidades implicaba un gran riesgo para la salud, tanto que podría provocar cáncer.


Entre las administraciones de Enrique de la Madrid, Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo, a Rodríguez se le inventaron cargos falsos para someterlo a una corte marcial, destituyéndolo como marino, mientras que a Valdovinos, le removieron de su importante cargo en la nucleoeléctrica de Laguna Verde.

Finalmente, en 1988, las autoridades mexicanas regresaron la leche a Irlanda, pero los padres de familia que vieron morir a sus hijos por dicho lácteo contaminado, aseguraron que el cargamento se quedó en el puerto de Tampico, Tamaulipas.



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