Abril de 2025 cerró una racha incómoda: cuatro meses consecutivos de caída en el consumo privado mexicano. No es un tropiezo aislado. Detrás del número hay inflación sostenida en alimentos, un mercado laboral que desacelera y un poder adquisitivo que simplemente no alcanza ya para sostener el gasto de antes.
El dato que los economistas no ignoran
Cuando el gasto de los hogares cae de forma sostenida, la economía no solo se enfría desde la superficie: se contrae desde la base. Cuatro meses seguidos de retroceso señala que estamos ante un problema estructural, no ante una fluctuación temporal.
Los factores se acumulan sin alivio. La inflación en alimentos sigue erosionando la canasta básica de millones de familias. El mercado laboral muestra síntomas claros de desaceleración: menos creación de empleo formal, presión creciente sobre los salarios reales. Y la incertidumbre económica hace que los hogares opten por guardar antes que gastar.
El resultado es una dinámica conocida pero perversa: menos consumo genera menos demanda, que produce menos crecimiento, que a su vez presiona más los ingresos. Es una espiral que se alimenta a sí misma.
Por qué el Mundial 2026 no repara lo que se rompió
Hay una narrativa optimista circulando en ciertos espacios: el Mundial 2026 será el catalizador que reactive el consumo. Turismo, retail, entretenimiento, restaurantes —el evento deportivo supuestamente dispararía gastos en todos esos rubros.
El problema es más profundo. Un evento de semanas no repara cuatro meses de deterioro estructural en el gasto de los hogares. El consumo privado no cae porque la gente no quiera gastar; cae porque el dinero ya no rinde igual.
Una familia que ajusta su presupuesto en el supermercado porque los alimentos costaron 30% más que hace un año no compensa ese ahorro yendo a un partido o comprando souvenirs. Cuando el margen para gasto discrecional se achica, desaparece. Las prioridades cambian: comer bien pesa más que entretenerse.
Lo que el número esconde y revela
El dato de abril es una abstracción estadística, pero representa algo concreto: miles de decisiones cotidianas de no comprar lo que antes sí se compraba. Esa suma de renuncias pequeñas es la crisis que los indicadores macroeconómicos apenas alcanzan a describir.
Es la madre que deja de comprar ciertas marcas y elige las más baratas. Es el trabajador que pospone reparaciones en casa. Es la familia que come menos carne roja. Son ajustes invisibles en millones de presupuestos que, sumados, crean una caída de consumo privado que persiste cuatro meses seguidos.
Mientras eso ocurra, ningún evento deportivo internacional será suficiente para cambiar la ecuación económica de quienes viven al día.
