El Genocidio por el que Justin Trudeau exige una disculpa al Papa Francisco

Laura Corona-AlmarazMiércoles, 31 de mayo de 2017 16:05

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Joseph Maud tenía un problema y ese era orinarse en la cama. Para reparar su error, la monja que estaba a su cargo lo obligaba a restregar su cara con las sábanas que empapó previamente.

Las humillaciones fueron parte de su vida diaria desde que fue separado de sus padres a la fuerza. Joseph ahora viviría en una residencia escolar, de la que se encargaban monjas y sacerdotes, para “educarlos”.

Terrorífica fue la experiencia que vivió Joseph Maud durante la década de los sesenta. Él fue uno de los 150 mil niños aborígenes que entre 1840 y 1996, fueron arrancados de los brazos de sus familias, para ser reclutados en residencias escolares que pretendían acabar con los pequeños indígenas de Canadá.

“Matar lo indio en el niño”, una frase demasiado dura, demasiado discriminatoria, demasiado violenta. Ese era el objetivo de la iglesia católica: acabar con los niños aborígenes que poblaban Canadá y que no eran bien vistos por sus costumbres, sus lenguas.

El objetivo primordial era educarlos. Provocar que no hablaran sus lenguas nativas y aprendieran el idioma. La iglesia quería que se adaptaran lo más rápido posible a la sociedad canadiense pero el objetivo tomó un giro distinto.

Más de 6 mil niños fueron asesinados. No soportaron las agresiones físicas, los abusos sexuales. La rutina diaria incluía toda clase de ataques con tal de reducir a nada el espíritu indígena que los niños tenían consigo.

Las residencias estaban situadas a miles de kilómetros de sus hogares. No había manera de que regresaran tan fácil a casa ni de que sus padres pudieran hacer algo por ellos.

Los pequeños que murieron, fueron enterrados en fosas comunes sin que los padres se enteraran. Muchos de ellos no eran alimentados a propósito para poder utilizarlos como parte de experimentos médicos para ver cuánta desnutrición podía soportar el cuerpo humano.

El Genocidio se cometió. Para los que seguían vivos, las amenazas constantes de una condena eterna si no eran afectos a la religión católica bastaban para ser atormentados por el resto de sus días.

El millón de aborígenes que actualmente vive en Canadá, atribuye a estas experiencias traumáticas muchos de los problemas que los aborígenes sufren hoy en día como la extrema pobreza, el desempleo o alcoholismo.

En 2008, en un acto que provocó la unión de la sociedad canadiense con los aborígenes, el entonces primer ministro de Canadá, Stephen Harper, se disculpó con los sobrevivientes de esa tragedia abanderada por la iglesia católica.

Un año después, el Papa Benedicto XVI expresó su tristeza por lo ocurrido en ese periodo en Canadá.

Las disculpas ofrecidas fueron aceptadas por los aborígenes, quienes vieron el acto como una oportunidad para reincorporarse sin miedo a la sociedad canadiense y sobre todo, sin renunciar a sus raíces indígenas.

En 2015, la Comisión de la Verdad y la Reconciliación de Canadá admitió las acciones de la iglesia como “Genocidio cultural”, en contra de los 150 mil niños de las Naciones Originarias, los Inuit y los Métis.

La tristeza que expresó en su momento Benedicto XVI no le es suficiente al primer ministro de Canadá Justin Trudeau, quien en su visita al Vaticano esta semana, pidió al Papa Francisco que ofreciera disculpas por lo sucedido con los 150 mil niños que vivieron abusos en estas residencias escolares.

En esta reunión, según declaró el propio Trudeau, el Papa le recordó que “ha dedicado su vida entera a apoyar a las personas marginadas en el mundo”. Las disculpas las espera no sólo el primer ministro canadiense, sino los sobrevivientes a la tragedia y los familiares de los que fueron asesinados, quienes quedaron marcados de por vida por las atrocidades cometidas por la iglesia católica para apagar su espíritu indígena.

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