¿Cómo viven los niños en cárceles de México y Latinoamérica?

Regina MendozaJueves, 11 de agosto de 2016 10:24

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Los barrotes impiden que salgan a jugar: los días en una cárcel son severos y arduos para los menores que viven con sus madres, quienes estuvieron alguna vez en libertad. Ellas sí tuvieron la oportunidad de conocer el mundo exterior, sus hijos no cometieron ningún delito.

Ni siquiera saben todas las cosas buenas que se están perdiendo: paisajes, caricaturas, canciones de Cri-Cri.  Es posible imaginar que tal como sucede en el filme Room (2015), las madres tienen que engañar a sus hijos, haciéndoles creer que el espacio que habitan es la única realidad y el único mundo posible.

Pero eso no funciona en los reclusorios mexicanos: todos ellos se dan cuenta de la situación en la que están, les llegan rumores lejanos de otros lugares, incluso de otras épocas, y entonces preguntan constantemente qué es todo eso que han escuchado nombrar.  

LOS BENEFICIOS DE SER MADRE EN PRISIÓN

Es común que las encarceladas, aun en su calidad de hacinadas, queden embarazadas mientras cumplen sus condenas: de acuerdo a “Spleen Journal”, el 60 % de las internas que tienen a sus hijos en la cárcel quedaron embarazadas durante las visitas conyugales o en los interreclusorios.

Entre las reclusas corren rumores, algunas de ellas han quedado embarazadas a propósito por todos los beneficios a los que son acreedoras si tienen un hijo en brazos: celdas en los primeros pisos, además de evitar el envío a cárceles federales.

Un estudio de la organización “Reinserta” reveló que para finales del año pasado las cárceles de México alojaban a casi 400 niños, la mayoría nacidos ahí. Las madres tienen el derecho de que vivan con ellas hasta los seis años. 


CUARTELES

Pero al final los niños resultan perjudicados: la violencia perpetuada entre reclusas; el abuso de autoridad; la depresión, angustia y desesperación de las prisioneras genera un ambiente nocivo para su desarrollo.

Además de verse subordinados a las rejas y a los espacios cerrados, la mayoría de los niños no reciben ni una visita de sus padres. “Spleen Journal” informa que el desentendimiento es una práctica popular: únicamente el 21 % de los padres se hacen cargo de los hijos mientras están en prisión. Durante los primeros seis años de vida no sabrán cómo es el mundo y, hasta entonces, la cárcel es el único mundo que conocen.

Las reglas de los reclusorios dictan que los menores recluidos deberán estar en todo momento junto a sus madres. No hay oportunidad para que establezcan contacto con ningún otro niño encarcelado y las libertades son pocas, pues ni siquiera tienen la oportunidad de explorar sus hogares impuestos.  

Sólo los que cuentan con familiares fuera de prisión pueden salir de vez en cuando a visitarlos o recibir visitas esporádicas.

DESPUÉS DE PRISIÓN

El gobierno no reconoce la existencia de los niños, son invisibles para el Estado ya que ni siquiera cuentan con presupuesto para una buena alimentación y educación.

Muchas veces, los niños no tienen a nadie que los reciba cuando los liberan tras cumplir seis años en prisión, sus madres siguen pagando una condena y entonces pasan a manos de autoridades del DIF (Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia) o a algún albergue. Su paradero es incierto: las cárceles no tienen la obligación de dar seguimiento a sus casos.

La reinserción en la vida “normal” es el último y más complicado paso: los arrojan a la vida a su suerte, a enfrentarse a los rechazos cotidianos por ser hijos del sistema penitenciario y si el Gobierno ni siquiera se aseguró de asignarles recursos, tampoco proporcionará ayuda de ningún tipo para facilitar el proceso de su reinserción a la sociedad.

“Reinserta” propuso la creación de un Sistema Nacional de Protección Integral de los Derechos de niñas, niños y adolescentes y pretende asegurar que los hijos de las sentenciadas que nazcan durante el período de reclusión, reciban todos los servicios hasta los seis años.  

OTROS PAÍSES LATINOS CON NIÑOS EN CÁRCELES

Guatemala

En el país centroamericano son 86 los niños menores de cuatro años quienes viven y crecen en las prisiones. Según “El País”, prevalece el hacinamiento y la alimentación e higiene son deficientes: no cuentan con celdas individuales y duermen en barracones. Esos niños ni siquiera deberían estar ahí, ya que no hay un presupuesto ni leyes que los protejan.

El presupuesto que reciben para alimentación diaria es de 13 quetzales por cada uno (32 pesos) y sólo con la ayuda de alguna ONG se completa una cantidad suficiente y digna.

Bolivia

Según la ONU, alrededor de dos mil niños en ese país viven con sus madres en la cárcel, desde que nacen permanecen en cautiverio dentro de prisiones que apenas superan los 200 metros cuadrados, junto a decenas de mujeres que también tienen  hijos.

Bolivia cuenta con un sistema penitenciario permisivo: 
las mujeres pueden vivir con sus esposos en las celdas. 

Las madres deben trabajar en la lavandería o la cocina de los penales para ganar dinero y costear los gastos extras para vivir con sus hijos. El Gobierno sólo garantiza el pago de aproximadamente 20 dólares al mes a cada preso por alimentación, cuidado personal y medicina.



Perú

En 2015, un total de 198 niños de 0 a 3 años de edad estaban con sus madres en diversos penales del país, así lo informó el Instituto Nacional Penitenciario (INPE). Instituciones civiles y religiosas apoyan a dicho instituto para el cuidado de los infantes con pañales, coches, juguetes didácticos, ropa y medicinas.

El destino de los niños encarcelados es incierto, del Gobierno depende que reciban presupuesto para que tengan las mismas oportunidades que los niños en libertad. 

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*Fuente: El País, Spleen Journal y La República. 

ETIQUETAS: violencia infantil
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