Nos amamos por nuestras bacterias

Karina EspinozaMartes, 24 de abril de 2018 15:09

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mundo nuestras bacterias son causa del amor

Para la microbiología, el amor que nos profesamos va más allá de lo evidente y no está en el corazón, sino en la piel y las vísceras


Desde 2015, se sabe con certeza que los microorganismos del cuerpo influyen en la elección de a quién amamos, además de lo que estos le hacen a nuestro estado de ánimo y comportamientos.


No es gratuito, entonces, pensar que “los bichos” nos dominan y que quizá aquello que vemos como mero romance (las caricias, los besos, el acto sexual y hasta al cuchareo de madrugada) son sólo nuestras bacterias atrayéndose por instinto, como animales.


Marguerite Yourcenar lo predijo en Fuegos: «un corazón es tal vez algo sucio. Pertenece a las tablas de anatomía y al mostrador del carnicero. Yo prefiero tu cuerpo». Luego, Zenobia Lewis, investigadora de la Universidad de Liverpool se lo confirmó técnicamente, sin tanta poesía, a la agencia de noticias Sinc: cada vez hay más evidencia de que la microbiótica, en específico el grupo de bacterias en el intestino, interviene en conductas sociales como reconocer a los parientes o sentir despertar la libido.


Bajo esa dimensión, el calor en el vientre es bien interpretado cuando pensamos necesitar estar en el cuerpo del otro que nos gusta. Desde los insectos hasta los mamíferos hemos comprobado que las feromonas vienen de la microbiótica intestinal. Nos apasionamos con las vísceras, el olor del otro nos enloquece y perdemos la cabeza por el huésped de aquellas bacterias que se disputan espacios en el cuerpo.


Pero no todo son las tripas, la piel también es campo para el juego de compartir. Así lo dice un estudio publicado por The New York Times: «Las parejas que viven juntas comparten muchas cosas: la cama, el baño, la comida, los artículos de higiene personal y las bacterias de su piel».


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Las bacterias que más se comparten con la pareja están en los pies, por el uso de la regadera. (Foto: Pexels)


La frase hace sentido cuando se explica que en el análisis de 330 muestras de piel obtenidas de 17 partes del cuerpo de 10 parejas heterosexuales con vida sexual activa, se encontró una influencia significativa en las comunidades microbianas de la piel de uno en el otro.


El cálculo no es interpretativo, se logró determinar que en lo compartido en el cuerpo había un gran y redondo 86 por ciento de esquema microbiano, siendo los pies los más acoplados. Nada raro si consideramos que los humanos desprendemos más de un millón de partículas biológicas por hora.


¿Pero qué de bueno o malo tiene compartir bichitos microscópicos? Entender las barreras que protegen a nuestro cuerpo de enfermedades es un buen punto para empezar a tomarnos en serio, pues no sólo se trata de ir contra las enfermedades, sino de entrenar a nuestro sistema inmunológico que nos conecta con el ambiente que habitamos todos los días.


«(El amor) sobrevivirá a los actos, a los miserables cuerpos que hemos acariciado», decía la misma Yourcenar, y cuánta razón científica tenía. Cuando las relaciones se acaban, las manos abiertas se vuelven incapaces de dar y recibir alegrías, pero eso no importa porque nos han dejado blindados de alergias, esas grandes defensas que quedan a pesar de los pesares, porque contra la microbiología compartida nada, ni la separación de los cuerpos.


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Karina Espinoza Karina Espinoza Periodista

Comunicóloga. Escribo y edito. Clavada del arte, la estética y el género. Marguerite Yourcenar y Julia Kristeva son mis superhéroes favoritos.

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