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Te presentamos a Mictlantecuhtli: Quién era el ‘Señor de la Tierra de los Muertos’

Por: Lizbeth García1 de noviembre de 2022

Dentro de la mitología mexica, era el señor de la oscuridad, de la muerte y del inframundo y fue creado por los dioses Huitzilopochtli y Quetzalcóatl.

La vida no puede existir sin la muerte, es por eso que, de acuerdo a la mitología mexica, los dioses Huitzilopochtli y Quetzalcóatl crearon, en el Omeyocan, un lugar equivalente al cielo, a Mictlantecuhtli, el señor de la oscuridad, de la muerte y del inframundo. Los dioses pensaron que para valorar la vida, había que crear al dios de la muerte. En su reino, llamado el Mictlán, acoge a todos los humanos que mueren de forma natural. Mictlantecuhtli es un nombre náhuatl y está compuesto por dos palabras: Mictlán, mansión de los muertos y Tecutli, señor, el cual se traduce como “el señor de la mansión de los muertos”. El rey de Mictlán regía sobre la muerte de los seres humanos, pero a su vez era dador de vida.

Según la mitología mexica, se tenía la creencia de que un día Quetzalcóatl bajó al inframundo y depositó su semen sobre unos huesos molidos que dieron vida al hombre. Desde entonces, Mictlantecuhtli custodia esos restos y todos lo relacionan con la semilla de la vida. En algunos códices es representado precediendo nacimiento y decepción; algunos antropólogos lo han planteado como la vida y la muerte en una unidad. En Mesoamérica, un territorio que fue tan inmerso, hubo varios dialectos. Por eso fue nombrado de diferentes formas, entre ellas: Ixtupec, que significa rostro quebrado; Sextepehua, esparcidor de cenizas y Tzontemoc, el que baja de cabeza.

Los conquistadores españoles lo creían el diablo.

Cuando los españoles llegaron a Mesoamérica, aparecieron misioneros que tradujeron al Mictlán como infierno y a Mictlantecuhtli, como el diablo; como siempre, sólo podían imaginarse el mundo a través de su religión. El Mictlán no es un lugar de tinieblas, ni un lugar de castigo, simplemente es la morada de los muertos, de los descarnados, incluso, cuando el Sol desaparece en el horizonte se dirige a mi hogar y es cuando los muertos se levantan de su sueño. El reino de Mictlán tiene nueve niveles y las almas que llegaban al lugar, tenúan que pasar por cada uno hasta llegar al último:

1.- Apanoayan: Todos los fallecidos deben acceder por un río donde se encuentra un perro y los ayuda a pasar nadando a cuestas.

2.- Tepeme Monamictia: Lugar donde se encuentran dos montañas que chocan siempre una contra la otra.

3.- Iztepetl: Significa cerro de obsidiana y como su nombre lo dice es un cerro erizado de cuchillos de pedernal.

4.- Cehuecayan: Lugar donde hiela, se trata de otro lugar que deben pasar las almas.

5.- Itzehecáyan: Sitio donde sopla el viento de obsidiana; es decir, que corta como cuchillo de pedernal.

6.- Teocoylehualoyan: Espacio donde aparece un jaguar y devora el corazón del difunto.

7.- Apanhuiayo: Es un lago de agua negra donde se encuentra una lagartija llamada Xochitonal e intenta detener el paso del difunto.

8.- Chiconauapan: Este es el último sitio para llegar al Mictlán. El fallecido llega a la orilla de un río.

9.- Por último, el alma ingresa a su destino: el Mictlán.

Pero no todas las almas llegan a Mictlán. Los grandes guerreros mexicas y las mujeres fallecidas en el parto se dirigen hacia la morada del Sol, todos los días lo acompañan hasta el mediodía. Después de cuatro años se convierten en colibríes y pueden bajar a la tierra para alimentarse del néctar de las flores. Quienes fallecen ahogados o por un rayo van al Tlalocan, un lugar de delicias con un jardín verde repleto de flores, donde reina el dios Tláloc. Los bebés que nacen muertos o que no han probado alimento sólido se dirigen al Chichihuacuauhco, un sitio con un árbol nodriza lleno de frutos en forma de mamas, donde los pequeños toman leche.

Esta maravillosa creencia de la mitología mexica, es la que da vida a la tradición de Día de Muertos, en donde desde épocas prehispánicas, se veía a la muerte como un paso natural de la vida misma, en donde no era el final, si no el inicio de una estancia espiritual, en donde las almas esperaban la llegada de sus seres queridos.

Ref. Gaceta UNAM


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