OPINIÓN: México no puede seguir siendo una dictadura sexenal

Cultura ColectivaMiércoles, 6 de junio de 2018 18:52

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"Es evidente que el sistema no funciona para lo que estuvo diseñado", escribe Alejandro Gonzalez Ormerod


Dice el chiste que el Presidente le pregunta a algún subordinado:

—¿Qué horas son?

—Las que guste usted, señor Presidente—, responde el achichincle. 


Y ya. Eso es todo. Una imagen de la concentración del poder en México en dos líneas de diálogo. It’s funny cause it’s true. Pero, ¿qué pasa el segundo después de la respuesta? ¿El subordinado le miente a su gusto? ¿El Presidente le cree? ¿Por qué, si aceptamos que la premisa del chiste es verdadera, no nos preocupa que el Presidente de México viva en otra realidad?


Sí; vivimos en un sistema presidencialista. El problema más bien es que vivimos en un sistema unipersonalista en el que el poder está tan concentrado en la figura del Primer Mandatario que resulta fácil, para aquellos con los medios y el poder, encerrarlo en un caparazón que proyecte solamente sus intereses. Es muy factible crear una realidad en la mente del que gobierna al país completamente ajena a la que en realidad vive. 


En un sistema democrático, los contrapesos institucionales existen para que el poder esté distribuido en partes que se regulen entre ellas. Los contrapesos de nuestro gobierno y nuestras instituciones son genialidades al contemplarse sobre el impoluto papel de la ley, pero se distorsionan al adentrarse al marisma de la vida real. Es evidente que el sistema no funciona para lo que estuvo diseñado. 


Lo raro es que la mayoría ya acepta lo esencial de tener contrapesos verdaderamente independientes en la economía. Tras el colapso del sistema financiero en 2007, todos sacudieron la cabeza sardónicamente y dijeron que era obvio e inevitable que pasara eso: ¡pues, claro! ¡Los bancos se estaban regulando a ellos mismos!


Un sistema financiero que se “autorregulara” nunca se iba a regular en verdad. Y a la vez, cuando el Presidente de México, acusado por los medios de recibir una casa millonaria a cambio de licitaciones públicas, decidió contratar a su compadre como el titular de la Secretaría de la Función Pública quien, acto seguido, lo exoneró por completo, los críticos dijeron simplemente que la SFP debía ser independiente, ¿pero en qué mundo sería independiente si todas las instancias de gobierno —desde las que hacen las leyes hasta las que las efectúan— están sujetas a los deseos del Presidente?


Lo único que queda son las normas que dictan que el Presidente debería ser gente decente y honesta. Eso no es un contrapeso institucional, eso es buenondismo inaceptable. 


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(Foto: Sinafo-Fototeca Nacional INAH)


¿Cómo llegamos aquí?

Nuestras instituciones, nuestra forma de gobierno y hasta nosotros mismos somos productos del PRI— unos descendientes directos, otros en reacción y oposición a él. La alternancia del 2000 y los dos gobiernos subsecuentes evidenciaron el hecho de que, aunque el PRI ya no estaba en el poder, las instituciones que había forjado a lo largo de 71 años seguían en pie.


El acuerdo implícito durante la “dictadura perfecta” fue que la democracia y la expresión de los variados intereses de la sociedad se llevaba a cabo dentro del Partido. Todos estos sectores expresaban sus necesidades y, a su vez, el Presidente apuntaba el dedazo a aquel copartidario que cayera sobre el centro de gravedad político del momento. Así es cómo el izquierdismo popular de Cárdenas fue sucedido pacíficamente por el conservadurismo de Ávila Camacho. Era una dictadura sexenal determinada por las necesidades políticas de momento. 


El año 2000 trajo la alternancia, la plena política multipartidista, pero dejó en el polvo a la gobernanza democrática. Tuvimos a dos sexenios de obstrucción y poco gobierno. Vicente Fox quedó prácticamente incapacitado desde el primer día por no tener mayorías sustanciales en el Congreso. Felipe Calderón se dedicó a combatir al crimen con el ejército, ya que las reformas estructurales que propuso el PAN no pasaron por las bancadas opositoras.


El consenso político seguía intacto. Los partidos se las arreglaban internamente y respondían a su jefe, no a uno ajeno; la política se volvió un juego de suma cero— o controlas por completo al gobierno o no gobiernas. 


Ante esta incapacidad la gente empezó a añorar al viejo régimen; «Roban pero al menos saben gobernar». Esto le ayudó mucho a Peña Nieto y, al llegar a Los Pinos, aplicó la vieja fórmula al nuevo contexto, creando el Pacto por México. Con el Pacto se pasaron prácticamente las mismas reformas que se propusieron durante el sexenio de Calderón y cuando Presidencia se dio por servida el Pacto se le permitió implosionar.


La confirmación que el acuerdo político del siglo pasado trasciende al PRI fue que el Pacto con México fue percibido como una violación del pacto supremo: no gobernarás con Presidentes ajenos. El PRD se despedazó, el PAN entro en guerra civil y el Movimiento Regeneración Nacional —recalcitrantemente contra el colaboracionismo, pero abierto a cualquier converso que se uniera al partido— capturó el estandarte de la verdadera oposición.


Y aquí estamos. El viejo sistema partido-político en pleno colapso y en pleno parto de uno nuevo en el que los acuerdos básicos de pasado siglo siguen intactos —el partido sirve para expresar las diversas preferencias del pueblo para que el nuevo Presidente le dedique seis años a arreglar al país, "como las escaleras, de arriba hacia abajo".


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(Foto: YouTube)

Más que cuestionar las intenciones de los que apoyan o conforman cada bando, se necesita entender el defecto fatal de este patrón sistémico. Ningún político, por más bueno que sea, podrá gobernar efectivamente: Por un lado, si el gobernante no tiene autoridad absoluta sobre todos los poderes, no podrá gobernar. Si sí lo tiene, se vuelve facilísimo para intereses poderosos o sicofantes enfocar esfuerzos para cooptar, engañar o cegar al solitario Presidente.


El abismo entre la política que queremos y la que tenemos es enorme, peor aun es la falta de propuestas para cruzar el abismo. De lo poco que es plenamente alentador en la política mexicana es el papel creciente de la sociedad civil organizada. Bien podría ser que ahí esté el contrapeso que tanto necesita la democracia —independiente de los fondos y favores del gobierno, con un fuerte interés en el bienestar y desarrollo del país, representativo de nuestra sociedad en sus diversos intereses y sus prioridades y, tal vez lo más importante, sin un interés en capturar el poder directamente sino en obligar a aquellos que sí lo poseen a manejarlo de manera responsable.


La sociedad civil organizada son los cimientos del puente que cruzaría el abismo político; falta mucha más reflexión, trabajo y organización para comenzar a cruzarlo. Por ahora, eso es lo que República Ciudadana (organización a la que yo pertenezco) y muchas otras Organizaciones de Sociedad Civil están contemplando. El objetivo es unirnos los que estamos afuera del aparato político del Estado para formar el contrapeso que nuestra democracia necesita. 


Si quieres saber más o involucrarte ven a nuestro Debate electoral este 14 de junio a las 20:00 horas en Patricio Sanz 515, Col. Del Valle, para que juntos podamos crear la realidad democrática que queremos más allá del voto que emitamos en julio.


Alejandro Gonzalez Ormerod

Escritor e historiador, se especializó en la relación Sociedad Civil y Estado entre 1970-1982 durante su maestría en Historia Latinoamericana en la Universidad de Oxford.



*Las columnas de opinión de CC News reflejan sólo el punto de vista del autor.


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