OPINIÓN: Vigencia del barroco

Enrique G de la GViernes, 30 de noviembre de 2018 15:14

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Estamos viviendo un renacimiento del barroco a nivel mundial. México, en ese aspecto, tiene mucho que ofrecer al mundo.


Vigencia del barroco

México debe darle la vuelta al calcetín del barroco y no verlo simplemente como una onda del pasado, sino como un trampolín para el arte contemporáneo y las manifestaciones que la tecnología del futuro nos van a posibilitar. Porque la exportación artística de México no se puede agotar en Frida. Pero hay que pensarle cómo.


Ya el Museo Internacional del Barroco movió las cosas al conjugar la arquitectura de Toyo Ito con las obras barrocas que contiene. Luego, el Vaticano colaboró hace unos meses con el Museo Metropolitano para montar una exposición sobre la influencia del catolicismo en la moda.


Pensaba en esto el domingo pasado mientras veía cómo Ólafur Elíasson reactivaba una ópera barroca de Rameau. Es este otro ejemplo para ver hacia dónde podemos llevar la inmensa riqueza del barroco, presente en cada rincón de México. El propio Elíasson lo reconoce:


“Como un lego en esta materia, pensaba que las óperas eran algo rígido, antiguo, no negociable, monstruos petrificados del pasado. Pero la generosidad con la que Aletta [Collins, coreógrafa] y Simon [Rattle, director] han compartido esto conmigo me ayudó a encontrar una manera para acercarme a esta música. En lugar de viajar hacia el pasado para visitar esta ópera barroca tradicional, quise reconocer el hecho de que el barroco ha estado viajando durante varios siglos para reunirse con nosotros aquí el día de hoy”.


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Rameau en Berlín

Como Elíasson, yo tampoco soy aficionado a la ópera, diría que ni siquiera me gusta, pero cuando vi que él había diseñado el espectáculo, supe que iría a verla. Fui, pues, a la premier el domingo pasado.


Resultó ser una noche histórica porque por primera vez se presentó una ópera de Jean-Philippe Rameau en la ópera Unter den Linden, de la capital alemana. La idea fue de Sir Simon Rattle, quien apenas en verano dejó la dirección de la Filarmónica de Berlín. Rattle no es especialista en barroco pero es uno de los directores más renombrados del mundo. Él se trajo desde Friburgo a una notable orquesta especializada en barroco, con sus instrumentos de la época.



El escenario no podía ser mejor: el edificio barroco situado entre la Puerta de Brandemburgo y la Isla de los Museos acaba de abrir hace poco después de muchos años de trabajos de renovación. No había entrado todavía y fue como poner un pie en el siglo 18, más que en un edificio, a pesar de los leds, la única señal de que estamos en el siglo 21.


La austriaca Anna Prohaska y el belga Reinoud van Mechelen fueron las principales voces. Desde mi butaca de villamelón diría que lo hicieron bien, pero no les ayuda que la tensión narrativa decaiga en la segunda mitad, que es por lo menos una media hora demasiado larga (fueron 3:12 horas, incluyendo una pausa). Pero lo que me interesa es sacarle punta al lápiz del barroco.


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Arte contemporáneo y barroco

El barroco explora la confusión entre vigilia y sueño, entre realidad real y realidad virtual, entre lo verdadero y la representación. Por eso su afición al sueño y los espejos, que multiplican el mundo, decía Borges. Eso lo entiende bien Elíasson, quien se sirve durante toda la presentación de espejos para redirigir la luz, para crear un espacio (el Hades) dentro del espacio (la tribuna) y para reflejar a la orquesta y al público en el escenario.


La temática de la historia –de Simon-Joseph Pellegrin, basado en una tragedia de Racine– es más renacentista que barroca: trata sobre el amor de Aricia e Hipólito, trucado por la madrastra de él, que lo ama con locura. Pero sí es barroca en su composición y en su desenlace y su profusión de personajes secundarios.


La coreógrafa Aletta Collins sabe incluir danza contemporáneo de figuras enfundadas en trajes de licra. Elíasson, por su parte, crea una atmósfera minimalista que recuerda a Dogma 95. En el primer acto levanta la mirada del espectador cuando hace bajar, como un deus ex machina, una esfera de color similar a sus candelabros de la ópera de Copenhague. Pero esta esfera, observaba Rattle, disrumpe también la acústica del teatro, al permitir que reboten los sonidos de nuevas e insospechadas maneras.


Cuando, en el segundo acto, Teseo desciende al Hades, Elíasson recrea el inframundo como una cueva de espejos, donde se desarrolla la acción de manera confinada. A mí me pareció acertadamente expresivo porque, como dice Borges, los espejos son abominables, como el infierno.


En otro momento, Elíasson crea un mar de humo cortado horizontalmente por emisiones de luz para simular la espesura de un bosque. Los danzantes, a su vez, cortan con sus cuerpos los haces lumínicos, pero a veces se hunden por debajo y desaparecen, como si el follaje los hubiera devorado. Al dirigir la luz hacia el público, el escenario se prolonga hasta la butaquería, para sumar al público y, de nuevo, borrar la frontera entre la representación y la realidad.


A mí me pareció genial el juego de ambivalencias del barroco recreado con los medios del arte contemporáneo. Aunque el propio Schopenhauer haya traducido al alemán a Baltasar Gracián, el barroco les parece más lejano a los alemanes que a los hispanohablantes, quienes lo vemos a diario en nuestros edificios y templos, y que conocemos desde el colegio cuando se nos da a leer La vida es sueño, de Calderón de la Barca.


El futuro del barroco

Algunos críticos internacionales se preguntan –casi como queja– si la ultramoderna ambientación de Elíasson no es un simple artificio para ganar público joven para la ópera. Quizá lo sea, quizá incluso funcione. Para los puristas, esto es seguramente blasfemo, pero para quienes consideramos la ópera como un arte avejentado, estas colaboraciones resultan su mejor reivindicación al mostrar que no todavía tiene futuro.


En fin, hay que ver la ópera, aunque sea en video, para disfrutar la creación de estas atmósferas. Pero lo que el Metropolitan y la ópera de Elíasson nos enseñan es exactamente lo que el Museo Internacional del Barroco puso ya hace dos años sobre la mesa: el barroco tiene una vigencia que no deberíamos desdeñar sino, por el contrario, aprovechar. Esa tarea podemos desarrollarla en México con una gran ventaja.


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Para leer


Bolívar Echeverría

La modernidad de lo barroco

Ediciones Era (1998), 231 páginas



Hace veinte años ya, Bolívar Echeverría vio esto que cuento ahora: que el barroco es la esencia del mexicano y que sin el barroco no podemos entendernos ni, tampoco, proyectarnos hacia el futuro. Echeverría no quiere que se desdeñe el barroco como una moda del pasado, sino que se le debe entender como una etapa evolutiva de la historia moderna.


Este libro es una colección de ensayos filosóficos, con la que Echeverría tunde una fuerte crítica al desorden propio de la postmodernidad: “La actualidad de lo barroco no está, sin duda, en la capacidad de inspirar una alternativa radical de orden político a la modernidad capitalista que se debate actualmente en una crisis profunda; ella reside en cambio en la fuerza con que manifiesta, en el plano profundo de la vida cultural, la incongruencia de esta modernidad, la posibilidad y la urgencia de una modernidad alternativa”.


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Y aunque Echeverría elabora una crítica de la modernidad, cosa que a mí no me interesa hacer aquí, rescata el valor actual del barroco –de lo barroco, dice él–, hundidos como estamos ahora en la ambigüedad política (¿es un cínico o una transformación?), artística (¿es arte o embuste?), tecnológica (¿realidad virtual o realidad real?) y hasta sexual (¿nazco hombre o me defino como hombre?).


El barroco, dice Echeverría, sabe accionar los resortes psicológicos para crear el vértigo de la ambivalencia mejor que ninguna otra corriente artística. ¿Y acaso no estamos viviendo día a día ese vértigo de la ambivalencia desde que despertamos pegados al celular hasta que vemos el cinismo de lo absurdo de la vida política de este país?



Enrique G de la G

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ETIQUETAS: cultura
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Enrique G de la G Enrique G de la G Ghostwriter y editor

Escritor fantasma y columnista cultural. Regio por nacimiento, berlinés por elección. Me muevo en bici y viajo en moto.

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