OPINIÓN: Ese infierno que es México

Enrique G de la GDomingo, 28 de octubre de 2018 16:45

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Enrique G de la G reflexiona sobre ese infierno que significa México para los centro y sudamericanos que atraviesan el país.


Migrantes y desplazados forzados

Estos días nos ha sorprendido a todos ver la desesperación de miles de personas que huyen de la violencia de los países centroamericanos en busca de una mejor vida. Pero más me ha sorprendido ver, en una época en que los mexicanos nos quejamos tanto del racismo de Trump, ver todo tipo de expresiones discriminatorias hacia ellos. En no pocos casos, cero empatía.


No son huevones, son pobres; no son criminales, son víctimas; no son “los hondureños” sino personas con nombre, rostro, y un drama encima, son Pedro y Ana, Jacinta y Miguel con sus hijos Juan Carlos y Paty que ya no pueden más y caminan miles de kilómetros, con niños en brazos, a ver si así se les hace ya.


Son migrantes porque migran, sí, pero son sobre todo desplazados forzados porque huyen de la violencia extrema que ya es insoportable. Qué desesperación deben tener para querer entrar a México a como dé lugar y a pesar de que hace ya varios años que se considera el paso por México una de las rutas migratorias más peligrosas del mundo. ¡Qué honor!


México o el infierno

Porque el 70% de las mujeres que pasan por el país en su ruta hacia Estados Unidos termina violada (más o menos por ahí andan los números de las mujeres alemanas violadas por los soviéticos después de la capitulación de Berlín, por cierto). ¿Qué dice eso de nuestra sociedad y de los hombres mexicanos? Cada año se esconden  en fosas comunes miles de cadáveres de personas de Centro y Sudamérica que iban camino a Estados Unidos. Como sociedad y como personas, ¿qué hacemos con eso? No basta con poner el emoticón de la carita triste. Hay que hacer algo más como personas y como sociedad.


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Y no se trata de, otra vez, quererse identificar con ellos desde el celular o la computadora: soy de Morelos y migré a Nopaltepec, dicen unos en Facebook; lástima que no hubiera habido muros ni fronteras porque me los hubiera brincado, aseguran otros en Twitter. Sí, claro, pero no es eso. No te compares, que una cosa es irse a estudiar y a trabajar, y otra muy distinta es abandonarlo todo, a ver si así sí.


Estas personas salen con lo que traen puesto y poco más. Conocí a una familia de desplazados y, con el paso de los años, me decía una de las hijas que una de las cosas dolorosas era no tener ninguna foto de su infancia, porque no podían llevárselas consigo.


Los comentarios negativos en las redes muestran que nos estamos convirtiendo en lo que más nos repatea: en Trumpcitos. Las fronteras se inventaron después de la Primera Guerra Mundial; todavía Borges contaba cómo se fue su familia a Europa sin pasaportes de ningún tipo: “No había pasaporte, usted pasaba de un país a otro como de una habitación a otra. Luego vino la Primera Guerra Mundial, la desconfianza, el espionaje, y ahora todo ha cambiado, no se puede dar un paso sin identificarse”.


Mi casa no es tu casa

Deberíamos proyectar una suerte de Espacio Schengen en nuestra geografía, con nuestros vecinos centroamericanos, pues nos encanta decirles a los extranjeros “Mi casa es tu casa”.


Sí, pero resulta que somos tan malinchistas como la misma Malinche, a la que vilipendiamos: nos gusta que los extranjeros sean blancos, y de preferencia güeros. Sí, porque con los extranjeros del sur inmediato no resultamos ser tan amables. No vemos a los centroamericanos como parte de nosotros, a pesar de que nuestras diferencias culturales y hasta raciales sean mínimas, y, sobre todo, a pesar de que sean tan humanos como nosotros mismos. No nos atrevemos a verlos como iguales. En México los vemos hacia abajo, los ninguneamos y los despreciamos, secuestramos, violamos y matamos.


La Caravana Migrante no echó abajo la malla fronteriza de Tapachula, sino el cinismo de muchos mexicanos que de pronto se manifiestan cínicamente como racistas e intolerantes. Porque, aunque ya sabíamos que existía este desprecio, ahora nos lo encontramos en nuestras redes sociales y círculos cercanos. Da pena ajena, por decir lo menos.


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Para leer


Antonio Ortuño

La fila india

Océano (2013), 228 páginas



En 2010, 72 migrantes centro y sudamericanos fueron asesinados con un tiro de gracia en el cuello en un rancho en San Fernando, Tamaulipas. Fue acaso la primera noticia que tuvimos de cómo los narcotraficantes y delincuentes estaban abusando de ellos y matándolos a gran escala y con gran violencia, más allá de las barrabasadas que venían haciendo los coyotes.


Antonio Ortuño escribió una novela que nos acerca a esa matazón y –dados los acontecimientos de los últimos días– también a la Caravana Migrante. Ortuño señala cómo se está descomponiendo México, y cómo son los migrantes los que están pagando los platos rotos. La fila india es una mordaz crítica a los devaneos vanos del gobierno y de los funcionarios que evitan enfrentar el gravísimo problema de la violación masiva a los derechos humanos de los migrantes que atraviesan México.


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Ortuño escribe la novela desde diferentes puntos de vista: Irma, que cuida a los migrantes; el burócrata Vidal, que mitiga el involucramiento del gobierno; el biempensante, que no quiere que lo molesten con problemas que a él no le incumben; el reportero Luna, que se empeña en hacer bien su trabajo periodístico; Yein, una migrante centroamericana que lo perdió todo en el trayecto; y el Morro, un coyote avezado.


Esta aproximación al infierno que viven los migrantes es un buen primer paso para que todas las almitas biempensantes se acerquen un poco al ejercicio de entender qué está pasando. Hay que leer a Ortuño ya. También esto es algo que podemos hacer hoy.


Enrique G de la G

[email protected]


*Las columnas de opinión de CC News reflejan sólo el punto de vista del autor.

ETIQUETAS: cultura
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Enrique G de la G Enrique G de la G Ghostwriter y editor

Escritor fantasma y columnista cultural. Regio por nacimiento, berlinés por elección. Me muevo en bici y viajo en moto.

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