OPINIÓN: La belleza no complaciente de Roberto Ortiz Giacomán

Enrique G de la GJueves, 19 de julio de 2018 15:52

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Enrique G de la G presenta en su columna semanal a uno de los fotógrafos mexicanos menos conocido, un experto en la foto de montañas


De Yosemite al Cerro de la Silla

Estuve hace poco en dos lugares que aparentemente no tienen nada que ver: Yosemite y Monterrey. Pero cuando entras al restaurante La Nacional, enfrente de los rieles del ferrocarril regiomontano, te sorprenden las fotos que cuelgan de sus paredes: es como si Ansel Adams se hubiera trasladado de Yosemite para fotografiar los cerros de Monterrey: el Cerro de la Silla, los caprichosos dientes de ese serrucho que es la Huasteca y la serranía de los alrededores. ¿El fotógrafo? Roberto Ortiz Giacomán, nuestro Ansel Adams mexicano.


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Roberto Ortiz Giacomán. (Foto: Óscar Estrada)


Las montañas de Roberto

Roberto Ortiz Giacomán (San Pedro de las Colonias, 1953) es un alpinista aficionado. Tan aficionado, que de joven soñó con conquistar los ochomiles del mundo; tan aficionado que subió el Aconcagua y el Denali; tan aficionado que su luna de miel fue en las cumbres del Pico de Orizaba, el Iztaccíhuatl y el Popocatépetl; tan pero tan aficionado que conoce mejor que nadie las rocas, los animales y las plantas que pueblan la sierra de Monterrey, a cuyas faldas vive y trabaja.


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Aquila Cresta. (Foto: Roberto Ortiz Giacomán)


Roberto sabe que desde hace poco hay una pareja de jabalíes recorriendo el talud de su montaña. Se refiere a los picos del cerro con la misma familiaridad con que nosotros nos podemos expresar sobre nuestro primo o colega. Sabe qué roca acaba de ser grafiteada y qué árbol acaba de perder una rama. Recorre las veredas y chorreaderos de piedra con mayor soltura con la que nosotros caminamos por los pasillos de nuestra casa. Roberto conoce mejor la Meseta del Tío Carrillo que su dueño, el alcalde Mauricio Fernández, quien se ha hecho de una sección brutal de la sierra entre Chipinque y la Huasteca.


Roberto ama las montañas tanto como los clásicos de ayer y hoy: Horace-Bénédict de Saussure, Alexander von Humboldt, Ansel Adams, Edmund Hillary, Reinhold Messner y Alex Honnold.


No son las montañas de Monterrey. Son las montañas de Roberto.


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García visto desde El Fraile. Al fondo, el discreto Cerro de la Silla. (Foto: Roberto Ortiz Giacomán)


“Soy ante todo un técnico”

Roberto fue el primer productor audiovisual del Planetario Alfa, cuando se inauguró allá en 1978. Su posición era privilegiada, pues fue la primera sala IMAX en Latinoamérica y una de las primerísimas en el mundo. Para él era como estar inmerso en el Sensorama Simulator, el dispositivo que diseñó Morton Heilig a partir de las ideas de Aldous Huxley. Roberto gozó la libertad de experimentar con el equipo más avanzado de su época.


Su pericia le abrió las puertas del mundo del arte. Durante décadas ha retratado las obras que han pasado por los museos y ferias de arte regiomontanos. Es un trabajo altamente técnico, pues hay que iluminar de manera que ningún reflejo demerite la obra. “Soy ante todo un técnico”, reconoce Roberto.


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Rinconada. (Foto: Roberto Ortiz Giacomán)


Sí pero no. Roberto también está profundamente comprometido con la historia de la fotografía en Monterrey. En esto, su mentor fue Hugo Chapa, quien le facilitó toda una biblioteca, que devoró durante sus años universitarios.


Con el paso del tiempo, Roberto se ha convertido en uno de los grandes historiadores de la fotografía en México. Es cofundador de la Fototeca de Nuevo León, ha publicado tres tomazos sobre la memoria fotográfica del estado y es un experto en Eugenio Espino Barros, el famoso fotógrafo-inventor que pasó los últimos 50 años de su vida en Monterrey. Aunque su modestia le impida siquiera enunciarlo y mucho menos publicitarlo, Roberto lidera el movimiento historicista de la fotografía de su tierra.


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Yucca-La Escondida. (Foto Roberto Ortiz Giacomán)


Montañismo + fotografía = arte

Justine Musk escribió una vez que las ideas nacen como los bebés: si dos ideas maduras tienen sexo, se concibe una nueva idea. Por simple ley de la genética, si la idea-papá y la idea-mamá son geniales, la idea-bebé será necesariamente genial.


No fue sino hasta 2009 cuando Roberto permitió que su afición por la montaña sexara con su pericia fotográfica. El resultado son esas fotografías montañosas que no tienen comparación en México y que, como Eva o Afrodita, nacieron ya maduras.


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La Ventana II. (Foto: Roberto Ortiz Giacomán)


Fotografiar el Antropoceno

A Roberto le interesa llevar un registro del impacto del hombre en el medio ambiente. Y qué mejor laboratorio que las montañas, que se irguieron durante millones de años hasta que las pedreras las horadaron y zarandearon, hasta que las ciudades se les treparon, hasta que la ambición le puso precio, y las demarcaron y fincaron quienes se ostentan hoy como sus dueños.


"Si la Tierra es un ser vivo, sus puntos sensibles son sus montañas y, dentro de ellas, las cañadas", dice Roberto, quien se ve a sí mismo como un intérprete de lo que las montañas quieren decirnos. Para atenderlas, se coloca en las cañadas y pone su ojo al servicio de la montaña, de la Tierra.


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Las Yucas de Catarino. (Foto: Roberto Ortiz Giacomán)


Con su cámara, Roberto documenta el Antropoceno. Convencido de que estamos desmedidamente preocupados por nosotros mismos, él se escapa del ruido audiovisual cotidiano para mostrarnos lo que tenemos justo ante nuestros ojos pero no vemos. Por esto mismo, los protagonistas de sus fotos son rocas y plantas nativas, mientras que la presencia humana apenas se intuye en una salpicadura urbana, en un retazo de smog o en un sendero que hiende el paisaje.


Roberto les tiene tanto respeto a las montañas, a esos colosos, que, por devoción, solo se atreve a darles títulos en latín a sus fotos, como quien todavía usa el latín para dirigirse a Dios.


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Palmas de las Mitras. (Foto: Roberto Ortiz Giacomán)


En busca de la belleza no complaciente

Cuando le pregunto a Roberto por Ansel Adams, él se desmarca: “Sigo viendo belleza en las fotos de Ansel Adams, pero no me asustan, no me detienen, no me interrumpen el aliento”. Roberto quiere algo más: movernos a la acción, no dejarnos en el mundo contemplativo.


En sus paisajes, Roberto busca la perfección fotográfica pero evade siempre la belleza complaciente. Sí, solo quien es milimétricamente preciso encuentra el sitio exacto donde la belleza cuestiona sin derrumbarse en la denuncia.


Roberto lo consigue desde las cañadas de sus montañas: el drama de sus paisajes encierra una belleza que nos empuja a cobrar consciencia de que nada se puede dar por sentado. Ni siquiera las montañas que consideramos perennes o el paisaje que estimábamos eterno. Justo lo contrario a Ansel Adams.


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Vista de La Popa en Mina, Nuevo León. (Foto: Roberto Ortiz Giacomán)


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Para leer


Senado de la República (coordinadora: Senadora Marcela Guerra)

Grandeza mexicana. El espíritu contra la adversidad

Editorial Marca de Agua, 2018, 229 páginas



Tiene razón Roberto Ortiz Giacomán en observar de cerca el Antropoceno, porque cuando la Tierra brama por sus fueros perdidos, el pequeñito hombre sale vapuleado, como sucedió el 19 de septiembre pasado.


El Senado de la República presentó la semana pasada un fotolibro sobre la grandeza que manifestaron los mexicanos cuando sufrimos el último gran temblor. Aunque la última sección lleva agua al molino de la ganancia política, la mayor parte del libro es un registro fotográfico de los trabajos de rescate que acometieron voluntarios y profesionales con total generosidad.


El fotolibro ofrece la mirada de unos 50 fotógrafos –de la talla de Santiago Arau Pontones, Christopher Rogel Blanquet, Rashide Frías Serratos o Iván Alamillo– que recorrieron la devastación. El mérito del libro es que no tropieza en la piedra del sensacionalismo ni del morbo, sino que es inquietantemente íntima.


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Grandeza mexicana, un libro que refleja el humanismo de los mexicanos ante la desgracia. (Foto: Senado de la República)


La iglesia desierta de San Martín, en Tepalcingo, Morelos, nos deja tan desolados como el interior de una casa semiderruida en San Gregorio Atlapulco, en la Ciudad de México; una cama que se mantiene limpia e intacta en medio de la devastación nos conmueve tanto como la fe de la anciana de Jojutla que lo ha perdido todo pero que le pide ayuda a Dios para salir adelante; los pípilas rescatistas que cargan tinacos o losas de piedra nos devuelven la fe en la México tanto como las colegialas con uniformes escolares y tapabocas que hacen cadena para pasarse los ladrillos de los derrumbes.


Este fotolibro es, en fin, no solo un recordatorio de lo que el espíritu es capaz sino también, tangencialmente, de la responsabilidad que tenemos ante la naturaleza.


Descárgalo gratuitamente desde la página del Senado.


*Las columnas de opinión de CC News reflejan sólo el punto de vista del autor.

Enrique G de la G

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Enrique G de la G Enrique G de la G Ghostwriter y editor

Escritor fantasma y columnista cultural. Regio por nacimiento, berlinés por elección. Me muevo en bici y viajo en moto.

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