OPINIÓN: Más motos pero con más cuidado

Enrique G de la GSábado, 8 de diciembre de 2018 14:25

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En comparación con Alemania, en México se muestra la falta de exigencia antes de soltar las licencias de manejo para motociclistas.


Motos en Alemania

Se me ocurrió solicitar la validación de mi licencia de manejo de la Ciudad de México en Alemania. Por suerte no sabía en lo que me estaba metiendo porque, de saberlo, no lo habría hecho. Fue un dolor de cabeza y un gasto de dinero y de tiempo que a cualquier mexicano le parecería excesivo.


La primera discrepancia cultural es que, en México, la licencia Tipo A sirve para manejar motos y automóviles. Esto ya pone nerviosos a los alemanes: ¿por qué si son dos vehículos tan diferentes, que exigen habilidades y conocimientos tan diferentes?

México no tiene un convenio de validación automática como algunos estados de Estados Unidos, así que hay que hacer los exámenes teóricos y prácticos para moto y coche, porque a los europeos les parece que las exigencias del gobierno mexicano no son suficientes. Mientras las leyes mexicanas no sean más estrictas, seguirá siendo así.


Para dar una idea de a qué me refiero, tuve que estudiar durante casi un año 1300 preguntas para responder los exámenes teóricos. Algunas preguntas rayan en lo estúpido, pero otras dejan ver el carácter alemán en su quintaesencia. Mi favorita es: “¿Cuántos litros de agua potable contaminas con una gota de aceite?” Cualquier mexicano –yo en primer lugar– pensaría que esto no tiene nada que ver con manejar, pero para los alemanes el conducir va de la mano con la concientización ecológica.


Si sé que mi coche está chorreando aceite, no voy a meterme a una zona acuífera donde se corre el riesgo de que el aceite penetre en el subsuelo y ensucie en el agua. Mientras yo hacía esfuerzos por entender este trasfondo, me acordaba de los arcoíris de aceite que flotan en Valle de Bravo y Tequesquitengo… La respuesta es inolvidable: ¡600 litros!


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Foto: Revit


Diferencias culturales

En la Unión Europea, el examen práctico consiste en cuatro ejercicios básicos que debes realizar en una pista especial, además de circular por la ciudad. En Alemania, la prueba es más estricta: hay siete ejercicios en pista y debes circular en la ciudad, carretera libre y autopista. En México, estos ejercicios se aprenden en los cursos de avanzados o “de seguridad”, como se llaman también.


A estas alturas yo seguía pensando en que era una exageración hasta que caí en cuenta que si alguien sabe de motos es el alemán. Las motos se inventaron en Alemania y todas las motos de BMW se fabrican en Berlín desde hace décadas. Así que terminé por aceptar que los alemanes saben más de motos que los mexicanos.


Para presentar el examen tomé horas de práctica, en donde me tuve que deshacer de mañas que había adquirido. Por ejemplo, siempre había sabido que es preferible llevar los dedos sobre la manija del freno para reducir el tiempo de reacción en caso de frenado. En el curso para avanzados que tomé alguna vez en Toluca me corrigieron: es mejor llevar dos dedos bien asidos al puño y dos sobre el freno.


Pero para los alemanes, estas dos posturas son –literal– mortales. Exigen que lleves los cuatro dedos bien asidos en la empuñadura para tener todo el control del manubrio. O, por ejemplo, yo sabía que era preferible bajar el pie derecho al detener la moto, pero los alemanes bajan el izquierdo, a manos que se entre a una glorieta o se vaya a dar vuelta a la derecha. Parecen pequeñas diferencias, pero en Alemania estos errores bastan para que no se te conceda la licencia.


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Foto: El Sur.


Motos en México

Aprendí a andar en moto robándome la moto de la casa porque mis papás siempre se opusieron a que tuviera la mía propia. Lo había visto y acompañado, y él me había explicado cómo se enciende y el error que cometió en el primer accidente que tuvo (tuvimos, en realidad, porque yo iba detrás, pero él sí fue a dar al hospital y yo, por suerte, no). Así que salí a rodar en moto antes que en coche de cambios.


Cuando saqué mi licencia apenas cumplidos los quince años en mi municipio de San Pedro Garza García, me presenté en la estación de policía y respondí con lápiz y en un parpadear de ojos las preguntitas que me pusieron en frente. No recuerdo haber estudiado nada antes ni recuerdo haber tenido dificultad alguna. Entiendo que las cosas han cambiado desde entonces pero estamos todavía lejos de la exigencia de los europeos.


Es bueno ser relajado y tiendo a pensar que que los alemanes exageran. Pero visto desde las estadísticas, está claro que están haciendo mejor las cosas que en México, donde los accidentes de motocicleta son innecesariamente altos y, peor aún, donde van en aumento.


Entre el 2000 y el 2015, el número de motocicletas en el país creció más del 600% (1.8 millones). Pero la cantidad de accidentes aumentó un 870%, lo que muestra el desbalance alarmante. En México mueren cada año por lo menos 1500 motociclistas en accidentes viales; en Alemania, por el contrario, la cantidad de accidentes mortales disminuye año con año (en 2016 fueron 526, a pesar de que hay más de 4 millones de motociclistas en Alemania).


Soy un ferviente defensor de las motos y creo que, junto con las bicis, ayudan al flujo del tránsito en las ciudades. Celebro la iniciativa de las motos que ofrecen servicio de taxi en algunas zonas de la Ciudad de México. Pero después de haber manejado moto en México y Alemania, y aunque odie decirlo, el gobierno mexicano debe atajar la creciente cantidad de accidentes y muertes en moto. Mirar a lo que hacen en la Unión Europea sin duda ayudará.


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Foto: Berth.


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Para leer

Paul Claudel

La motocicleta



Somos el hombre acoplado a la rueda y a caballo sobre el espíritu. Como feroz individualista, lo que me gusta en la moto es la disponibilidad en estado puro y directamente ajustable a nuestros miembros: les multiplica el poder, pero no los sustituye. Es la flecha y al mismo tiempo es el arco, la fuerza rígida y desnuda, despojada de todo el estorbo colectivo del automóvil que ha dejado de ser un caballo para convertirse en embarcación.


Se nos han reforzado las piernas, se ha ensanchado nuestra mirada y alargado los brazos. Todo lo tenemos al alcance de la mano, pero seguimos siendo nosotros quienes proporcionamos el esfuerzo y de un punto a otro, lealmente, damos impulso a la carrera. Nadie se aprovecha de nuestra distracción o del sueño, como el ferrocarril o el avión, para escamotearnos la distancia y depositarnos bruscamente a través de un lapso de bruma o de aburrimiento de un muelle o un andén, sino que nos hemos empleado a fondo y hecho el gasto de nosotros mismos.


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Con personal empuje, nos abrimos paso a través del mapa. No dejamos de sentir, ni un instante, la atracción de la meta. Y no esquivamos el contacto de un solo centímetro durante todo el trayecto. A través de algo, nos sentimos atrapados por alguien. Al llamado de lo desconocido, tenemos con qué responder entre las piernas.


¡Qué lejos está de nosotros el sueño del viejo Lao Tse! Según él, lo propio del buen gobierno estatal consistía en que cada hombre estuviera bien enraizado en su pedazo de tierra, y que cada aldea solo adivinara la existencia de la otra mediante el canto de los gallos.


Nacido a unos cuantos kilómetros de Reims y de Lyon, tuve que esperar 30 años para hallarme en los umbrales de la doble catedral, a través de tantas dobles curvas y rodeos. Nuestros hijos ya no conocerán un encarcelamiento semejante. Aparte del sueño, tendrán a su servicio otros medios de evasión, de aprehensión, de verificación y de conquista. Ahora su campo es el mundo, como reza la divisa anseática: “Ya no os desoléis, allá lejos, en el fondo de vuestro castillo en ruinas, quejumbrosas Andrómedas, he aquí que llega Perseo, desde lo remoto y desconocido, para llevaros en ancas de la detonación y el relámpago!”.


Enrique G de la G

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ETIQUETAS: cultura
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Enrique G de la G Enrique G de la G Ghostwriter y editor

Escritor fantasma y columnista cultural. Regio por nacimiento, berlinés por elección. Me muevo en bici y viajo en moto.

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