OPINIÓN: Coger sigue siendo gratis, ¿un problema en los países subdesarrollados?

Cultura ColectivaJueves, 25 de octubre de 2018 15:14

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¿Un promedio de 97 relaciones sexuales por año, en el caso de los mexicanos, implica el uso de 97 condones? Lo dudo...


Por Zoilo Carrillo

En América Latina uno puede subsistir con muy poco. El otro día me decían que “siempre hay que llevar efectivo cuando se pisan las calles”. El dinero menudo que suena en el bolsillo es el único que cuenta para muchos. Aquí, a veces, elegir no es una opción.

Cuando la clase pobre —43% en México o 10% en Colombia, por citar algunos— despierta, lo hace porque tiene que levantarse y salir a trabajar. Todo cuesta dinero. Saltarse la rutina resulta inadmisible. Trabajar, obtener, comer, coger, dormir.


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(Foto: Especial)


Para estos millones de pobres la situación por momentos es insostenible, el subsidio lo administra cada uno para sí y para los suyos. No hay Estado que vierta con sus manos agua para todos.


Pero todavía hay algo que no cuesta dinero en América Latina, por suerte o por desgracia, coger sigue siendo gratis. Millones de personas se abren de piernas para gozar y, meses después, vuelven a abrirlas para expulsar. Ambas acciones tienen sus consecuencias. Al parecer, somos demasiados. Somos ingobernables.


¿Mata el placer el progreso en los países subdesarrollados? ¿Es el consuelo del orgasmo el residuo que ha relegado a la esperanza?


Cuando uno viaja al tercer mundo escucha un argumento recurrente: los países que aplican políticas socialistas como Suecia —entrados los 5 millones de habitantes— funcionan porque son cuatro personas”, dicen. “Gobernar países latinos resulta muchísimo más complicado por su densidad demográfica”, argumentan. “Somos más, pero no mejores”, asumen.


¿Es la densidad demográfica un problema para una nación? El Informe sobre el Estado de la Población Mundial 2017 divulgado por la ONU titulado— con mucho tino, por cierto— “Mundos aparte: La salud y los derechos reproductivos en tiempos de desigualdad”, advertía que Latinoamérica posee una tasa de 64 partos por cada mil mujeres entre los 15 y 19 años, cifra sólo superada por África.


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El círculo de la pobreza: más hijos = más pobreza. (Foto: Emeequis)


La organización observaba que tener relaciones sexuales sin protección es un círculo vicioso que conecta el parto con la pobreza extrema en la que se ve sumida esta parte del planeta.


Pues sí, parece que la ingobernabilidad de los países —y también su talento sexual — es mérito de esos muchísimos millones de pobres.


Más allá de la sobrepoblación —un obstáculo para el progreso a nivel mundial que vienen advirtiendo médicos, sociólogos y economistas— el problema real en América Latina es que de ese quiste se desprende la excusa que permite garantizar su ingobernabilidad y, probablemente, como la onda expansiva de una mina antipersonas, su desigualdad. El problema —ser muchos— parece ser una cómoda resignación.


Pero vayamos a lo interesante, ¿qué condiciones se tienen que dar en un país para que sea el lugar idóneo para lanzarse como un celoso guepardo sexual al cuello del otro? Según la Encuesta Global de Hábitos Sexuales divulgada por la empresa Lilly ICOS en 2017 acerca de en qué países se tiene más sexo, no hay nada en concreto que nos incite a coger más, pues en la lista figuran países de culturas opuestas, entre ellos México —junto a otros países latinos— en orgulloso (o no tanto) segundo lugar.


Pero, ¿por qué se tienen más hijos? La actividad sexual de los mexicanos es de 2,03 relaciones por semana, mientras que el promedio mundial semanal se ubicó en un depresivo 1,5. La estadística fija 97 relaciones sexuales al año en México para mayores de 33 años. Podemos imaginar que, con la animalidad propia de la juventud, el número de encuentros es mayor. En cualquier caso, de ser 97 encuentros sexuales, ¿serían 97 condones? Lo dudo mucho.


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Los mexicanos tienen más sexo que las personas de otras nacionalidades. (Foto: tumedico.com)


Una cajita con tres viscosos condones cuesta 50 pesos mexicanos (unos 2 euros al cambio) mientras que el salario mínimo es de 2 mil 686 pesos al mes (120 euros), cifra ilusoria ya que una gran parte de la población —causalmente la que más coge y más hijos tiene— no tiene un contrato que garantice ese mínimo, por lo que sus ingresos fluctúan y lo hacen con la hostilidad del día a día.


Tomemos la cifra de los 97 encuentros sexuales como conejillo de indias otra vez, comprar esos 97 profilácticos supondría mil 610 pesos, un 5% de los ingresos anuales del mexicano.


Cabe apuntar que, además, en América Latina, una cantidad de dinero anual como esa en las clases bajas nunca es utilizada para uno mismo, sino para mantener a una familia numerosa.


En Estados Unidos o en países de la Unión Europea, como (todavía) Inglaterra, uno puede comprarse los 3 mismos redondos, transparentes y lubricados condones por 3,42 euros (si lo convertimos de la libra). Un precio muy parecido, ¿no?

Eso sí, el salario mínimo allí son 1.512 euros al mes tras la conversión. Es decir, asegurarse de no tener hijos les implica a los ingleses destinar un 0,6% de su salario mínimo anual, 110,58 euros.



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La planificación también tiene que ver con dinero. (Foto: Salud.mx)


Pero, al margen de que utilicen más o menos condones, al margen de que haya asociaciones que los regalen, de la falta de dinero, de que no exista una educación más abierta, hay factores más decisivos para que la gente en la mayoría de países hispanohablantes tenga más hijos.


Uno de estos factores es la ley de la atracción, que subvierte aquí sus dogmas y los retuerce. Vivimos en una sociedad en la que la belleza marca la línea directa entre el suceso que ocurre y el que no. La clase media, y sobretodo la alta, acepta el juego de la belleza adquirida, el poder adquisitivo y los estudios, y entra en un privilegio llamado muy dignamente “exigencia”.


Podríamos decir que ser exigente física e intelectualmente con las personas con las que tenemos sexo es un signo de valentía en cualquier emperifollada sociedad que no pasa hambre.


Acostarse con el otro supone afirmar que ese otro supera tu nivel de exigencia y tú superas el suyo. Para iniciar relaciones íntimas se superan una serie de filtros estético-intelectuales en un primer encuentro. En las clases bajas, muy bajas, la exigencia se desfigura y, muchas veces, es un fantasma.


Y es por el simple hecho que hay muchas otras cosas de las que ocuparse antes. Acostarse con alguien parece ajeno a innecesarios significados morales o de clase. Ellos no poseen la belleza exacerbada que se luce cuando se tienen recursos para producirla, algo que, sumado a la falta del atractivo que otorga el estatus económico, deja reducida hasta los huesos la exigencia para acostarse alguien.


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Acostarse implica que el otr superar expectativas. (Foto: Especial)


Entran otros códigos, necesidades inmediatas que surgen cuando obtener un futuro mejor es imposible. Lo que trato de decir es que se pide menos y se acepta más. Se tiene más sexo porque es lo que queda, porque eso sí se puede tener. Además, es gratis.


Surge una última pregunta: poniendo los condones gratis, invirtiendo en educación sexual no represiva, píldoras anticonceptivas, abortivas, etcétera... ¿habría alguna mejora?


Hay que poner encima de la mesa el concepto de rebeldía como aliciente que define a una sociedad aparentemente ingobernable. Los latinos poseen cierto complejo histórico reconocido por ellos mismos en muchas de sus notables obras literarias y análisis sociológicos, un trauma que tanto la historia —empezando por la conquista española— como el significado de la proximidad geográfica con Estados Unidos (arriba y abajo) se han encargado de alimentar.


La rebeldía es algo así como una reacción alérgica a la sumisión que les aprieta, una reacción que se manifiesta de múltiples e impulsivas formas: delincuencia, irresponsabilidad, impuntualidad, promiscuidad, sexo, vicio, violencia.


La reacción es lógica e inconsciente y obedece a una razón sencilla: con hambre uno no se puede poner a restringir su placer, ni a pensar qué gana y qué pierde si coge o no coge con condón porque la visión a futuro no existe.


Esta rebeldía se torna más interesante cuando uno descubre que viene acompañada del concepto de dignidad. El simple hecho de no querer verse sometido a ponerse un condón para encajar en una sociedad en la que no se cabe es un golpe de integridad encima de la mesa.


Decidir no usar un preservativo, según se mire, es uno de los actos más bellos, revolucionarios y antihigiénicos que haya dado la raza humana.


En fin, hablábamos de que cuando se caminan las calles de América Latina uno lleva dinero en efectivo. Porque todo cuesta y cada vez los precios de mercado son asignados por quien no los nota. Porque el kilo de tortillas cuesta dinero, el acceso a la sanidad cuesta la vida, trabajar cuesta horas en el metro y hasta ver vidas ajenas en Facebook cuesta los datos.


Por todo eso, esa clase pobre ingobernable no se va a poner a restringir su placer, pues no le corresponde pensar en la consecuencia de un polvo. A fin de cuentas, viven en un mundo donde coger es lo único que sigue siendo gratis.



*Las columnas de opinión de CC News reflejan sólo el punto de vista del autor.

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