Entre incertidumbre y sueños: así se vive en la Caravana Migrante

Tatiana MaillardJueves, 8 de noviembre de 2018 11:45

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Dejan atrás familias e historias; violencia, pobreza y otros problemas los sacaron de su país. Así viven los migrantes en el albergue de la caravana en la CDMX.


Santos Orlí encorva la espalda, talla su frente con la mano y enseguida la dirige a la altura de los ojos, para secarse las lágrimas. Retira el teléfono celular de su oreja y se lo entrega al personal de la Cruz Roja que atiende la carpa desde la cual, los integrantes de la Caravana Migrante que aguardan en el albergue temporal del deportivo Jesús Martínez “Palillo”, pueden llamar a sus familiares hasta sus países de origen. Sale de la carpa con andar apesadumbrado.

Intenté llamar a mis padres, pero no pude encontrarlos. Allá de donde vengo no hay mucha señal, cuesta que entre la llamada.


Santos viene de San Ramón Talhua, en el departamento de Lempira, en Honduras, donde dejó a sus padres, su hermano y su cuñada. A regañadientes, como si fuera una confesión, menciona que también dejó un hijo, pero se separó de la que fue su pareja hace cuatro meses, y desde entonces no lo ve.


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Migrantes se comunican con sus familias en un puesto de la Cruz Roja (Foto: Cultura Colectiva/Tatiana Maillard)


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No es la primera vez que Santos deja atrás su país. Hace cuatro años intentó llegar a México, pero lo deportaron. Incluso, el 19 de octubre, cuando ocurrió el enfrentamiento entre la policía mexicana y los migrantes en la frontera con Guatemala, estuvo a punto de regresar a Lempira de nuevo.

Como se estaba poniendo rudo el asunto, yo ya estaba decidido a regresarme, porque estaban dando transporte para ir de nuevo a Honduras. Me apunté en la lista para regresar y todavía, ya estando anotado, tomé la decisión de ir de nuevo al puente fronterizo. Entonces, vi que la gente se estaba tirando por el río y decidí darle por ahí.


Así fue como llegó a México. Y en este país será donde, en una cuenta regresiva de seis días, cumplirá los 27 años, lejos de todo lo que conoce, porque en Lempira no sólo dejó a su familia, sino una finca, propiedad de su padre y en la que Santos solía trabajar, aunque el esfuerzo no diera para solventar la vida:

Me dedicaba a sembrar frijol, maíz y café. Pero orita hay una ruina del café, porque le está pegando la roya (un hongo parasitario) y, entonces, el café no madura. Y el palo, al no madurar, al quedarse verde cuando lo cortas, resulta que se seca.


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La roya, un hongo parasitario del café, obligó a Santos a dejar su finca y unirse a la caravana migrante (Foto: Especial)


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Como el café no daba para vivir, intentó criar pollos y vender la carne aliñada (condimentada), pero se enfrentó con dos problemas: la gente no le compraba carne que no estuviera etiquetada, y además, temía a la inseguridad.

A mí nunca me asaltaron, pero tienes siempre temor, porque en la ruta donde yo pasaba siempre se corría peligro. A un primo, por ejemplo, sí, lo habían asaltado.


Lempira cuenta con 11 municipios que han superado la cifra de 38.7 homicidios por cada 100 mil habitantes, de acuerdo con el Observatorio Regional de la Violencia, de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. El aumento de la violencia, aunado a la falta de dinero, han puesto en marcha los pies de Santos, quien a la fecha cumple 23 días de andar a pie y en camiones, en un trayecto que todavía no acaba.

Si consigo llegar a Estados Unidos, me gustaría poner un negocio, he pensado en poner una bodega (tienda).


Por lo pronto, al terminar de platicar con CCNews vuelve a formarse, para intentar de nueva cuenta llamar a su familia.



Contención emocional

En una esquina del deportivo hay una carpa pequeña y modesta, atendida por varias mujeres. Frente a ella, una lona sujeta a una mesa de plástico anuncia: “Atención Psicológica”. Es un servicio que ofrece el Instituto Mexicano para la Psicología de Emergencia (IMPE) una asociación que ofrece servicios en situaciones de desastre y emergencia. Por ejemplo: después del terremoto del 19 de septiembre del año pasado, personal de este instituto ofreció contención afuera del Instituto de Ciencias Forenses.


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La atención psicológica a los migrantes es tan importante como la comida. (Foto: Cultura Colectiva/Tatiana Maillard)


Marlen Nava, presidenta del IMPE, comenta que en una jornada, que va desde las ocho de la mañana hasta las dos de la tarde, han llegado a atender a 300 personas que, en su mayoría, son mujeres.


No damos terapia como tal: damos contención psicológica, porque los migrantes han pasado por muchos procesos en su camino. El principal es la pérdida. Con los migrantes hay que manejar duelos, a muchos de los que hemos atendido apenas caen en cuenta de que se salieron de su país, dejaron a sus hijos, huyeron de una situación de violencia y han pasado tantas carencias en el camino, que en este momento ya dudan entre continuar, o regresar a su país.


El servicio de contención emocional y psicológica que brinda el IMPE es de duración variable: puede ser de 20 minutos o extenderse poco más de una hora.

La atención que ofrecemos responde a las situaciones que están enfrentando. Hay estrés, ansiedad y reacciones fisiológicas que son normales ante una situación anormal, como la que hoy viven.


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Estrés, ansiedad, y duelo son las emociones que enfrentan los migrantes (Foto: Cultura Colectiva/Tatiana Maillard)


Marlen enfatiza que hacen “lo humanamente posible”. Cuentan con poco tiempo, pues la caravana solo estará unos días, antes de ponerse en marcha de nuevo. Las herramientas que brindan incluyen técnicas de respiración, relajación y razonamiento de las emociones.


Así, esperan que aquellos a quienes atienden puedan enfrentar lo que viven, y lo que está por venir.


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“Sin trabajo, ¿a qué me quedaba en mi país?”

Tres son las carpas que, en su interior, fueron acondicionadas con colchonetas, para que los integrantes de la caravana migrante descansen. Una mujer de ojos color miel y la piel bronceada, sentada con las piernas cruzadas en una colchoneta, sonríe.


Cuando uno le pregunta si puede platicar con ella, niega con la cabeza. Pero un chiquillo que tiene la altura de un garrafón de agua, se aproxima y exclama que él sí quiere hablar. Dice que se llama Eder, que viene de Honduras y tiene cinco años. Viaja con su mamá, a quien señala con el dedo: es la mujer de ojos claros.

Pon que me llamo Estela. Y de la violencia que he vivido no te quiero hablar.


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Tres carpas se han instalado para que pernocten al menos 5 mil inmigrantes (Foto: Cultura Colectiva/Tatiana Maillard)


Hay otras cosas que “Estela” acepta contar: como que tiene 30 años, que en Honduras dejó una hija de 14 años que se llama Estefania y se unió a la caravana con su hijo menor por desesperación, porque llevaba un año desempleada.

Me liquidaron de una empresa, busqué y busqué trabajo, pero hasta por la edad no te contratan. Lo que hice fue vender ropa de segunda y el dinero de mi liquidación se me fue. No me quedaba otra opción, que venirme: sin trabajo, ¿a qué me quedaba allá?.


Para emprender el camino, “Estela” tuvo que vencer su miedo.

Viajar sola es peligroso. Pero con la caravana, pensé, quizá podría cumplir mi sueño de sacar a mis hijos adelante.


Algunas veces, no lo niega, le han dado ganas de “echarse para atrás”, pero enseguida piensa que el camino que ha recorrido ha sido largo. Le preocupa un escenario que es probable: tal vez no logre ingresar a Estados Unidos.


Y si me quedo aquí, ¡Imagínese! No voy a tener ayuda de nadie. No tengo a nadie aquí. Pero si llego a Estados Unidos, no me importa trabajar de lo que sea: asear, cocinar. Necesito hacer dinero. Llegar a tener al menos un techo para mis hijos, porque ni eso tenía en Honduras. Allá, el trabajito que te haces, es para pagar deudas” de luz, agua y alquiler.


Por el momento, “Estela” prefiere no imaginarse escenarios adversos. Si tomó la decisión de emprender el viaje, es porque apuesta a que las cosas se darán en su favor. Lo que queda, por el momento, es confiar.


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