Gombe: la brutal guerra que los chimpancés armaron por ambición de poder y celos

Karina EspinozaMartes, 3 de abril de 2018 15:54

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Medio Ambiente

Investigadores reafirman la teoría de la famosa primatóloga de los 70, Jane Goodall: los primates matan por dominio y posesión, está en los genes


El 7 de enero de 1974 en el Parque Nacional de Gombe, en Tanzania, se desató una batalla de asesinatos premeditados. El hecho no sería insólito hasta hoy si no es porque en ella no intervinieron de manera activa los humanos. Todo ataque sangriento corrió a cargo de un grupo de chimpancés que salvaguardados por la oscuridad de la noche, se acecharon y se mataron a golpes unos a otros.


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Jane Goodall con una hembra chimpancé en 1997. (Foto: AP)


Jane Goodall, quien documentó esta y muchas batallas a muerte en Gombe, llegó al parque a comienzos de 1960 con la idea de documentar la vida social y familiar de los chimpancés.


Las hipótesis eran simples: ella haría bitácoras de reconocimiento que le indicaran a la comunidad científica cómo era que estos primates usaban sus herramientas para pelar, abrir o partir las verduras que se llevaban a la boca.


Hasta el inicio de los años 70, la década siguiente a su llegada, para Goodall el reinado de Mike, el macho alfa, iba a terminar como todo lo conocido: en una disputa entre los jóvenes más fuertes de la manada, sin más resistencias que las de un par de mordidas y rasguños al cambio de líder.


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Tres de los machos de la manada del norte en Gombe. (Foto: Geza Teleki)


Pero aunque las anotaciones de Jane Goodall ya daban luces de que se tramaba algo turbio, nada la preparó para ver el autoexilio de seis de 14 machos adultos al sur, en una distancia premeditada para el ataque que vino después.

Hugh, Charlie y Goliath fueron los primeros en partir del grupo, a ellos les siguió Sniff, un adolescente con mucho potencial, que se llevó con él a tres hembras adultas con sus crías. La resistencia estaba hecha: eran los jefes del sur.


El grupo del norte, que rindió cuentas hasta el último minuto a Mike, seguía como siempre. Doce hembras con sus crías y ocho machos capaces suponían el éxito de mando.


La hostilidad crecía cada vez que los del sur se paseaban por el norte a placer, sin miedo a las represalias. Mike, Rodolf y Goliath mantenían la calma para todos por su cualidad de viejos y experimentados. Pero el refrendo amistoso se rompió dos años después, en 1974, cuando los machos del norte no soportaron la pedantería de un macho del sur en su territorio y lo atacaron brutalmente.


Godi, quien comía fruta de un árbol, fue emboscado y atacado a golpes por 10 minutos, lo suficiente para dejarlo mal herido y sangrando antes del golpe final: una roca sobre su cabeza y pecho.


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A partir de la distancia física, la hostilidad y la violencia crece entre los machos de una manada. (Foto: AP)


Así comenzó la guerra de los del norte (kasakela) contra los del sur (kahama), quienes usaron sus más refinados saberes para secuestrar, torturar, asesinar y cometer canibalismo contra machos y hembras de ambos bandos.


Ante las primeras revisiones de la investigación de Goodall, muchos colegas la acusaron de exagerar el antropomorfismo (humanización) en el comportamiento de sus objetos de estudio. Otros cuantos no le creyeron “el cuento” de violencia y conocimientos de organización más allá de los que ofrece la fuerza bruta y la capacidad de conseguir comida.

Pero aún así, Goodall siguió atestiguando las «matanzas y las riñas entre grupos por territorio, poder y celos». Así se lo explicó a Richard Wrangham de la Universidad de Harvard, quien le ayudó con la teoría de que chimpancés y humanos comparten la predisposición genética a la violencia letal, como lo afirmó en su libro Demonic Males: Apes and the Origins of Human Violence.


Las teorías no quedaron ahí, hasta la semana pasada, algunos académicos de la Universidad de Duke, justo en el Instituto Jane Goodall, revisaron el caso de la Guerra de Gombe para corroborar que las alianzas entre los 19 machos del grupo primario se quebraron por algo más que los suministros de bananas racionados, sino que la idea de superponer rangos entre ellos los volvía agresivos.


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Jane hoy es mensajera de la paz en la ONU inglesa y su trabajo sentó las bases sobre los primates. (Foto: Shutterstock)


La lucha fue por el dominio se hacía más profunda con el ciclo reproductivo de las hembras, que traían celos a las interacciones, pues la disposición sexual siempre fue de nivel bajo por parte de ellas. Así, la conclusión es que la necesidad de dominio y posesión es un sesgo evolutivo que permanece en los primates desde el principio de sus tiempos en la tierra, incluso en los humanos.


Y después de saber esto, no volveremos a ver El Planeta de los Simios con los mismos ojos. Quizá con un poco más de palomitas y cautela.


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Karina Espinoza Karina Espinoza Periodista

Comunicóloga. Escribo y edito. Clavada del arte, la estética y el género. Marguerite Yourcenar y Julia Kristeva son mis superhéroes favoritos.

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