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LETRAS

Una niña, pérdida de la inocencia











Abre los ojos y estira sus brazos, la cobija tiesa por la humedad y muy fría, la lámina del techo tiene una grieta apenas cubierta con dos pedazos de plástico negro y las paredes tapizadas de periódico. Dos viejos colchones son su cama y se levanta, el piso de tierra negra hunde levemente sus pies y Semilla, su perro color miel con manchas blancas, la sigue en su camino a la letrina en el exterior.

Sale de una choza formada con diferentes piedras, tabiques y pedazos de llanta, el sol se asoma a la distancia nublada y el rocío refleja el tiempo de luz en diminutos instantes. La letrina, cubierta con diferentes desechos metálicos, es una heladera. Los perros ladran a la distancia y Semilla les contesta, la niña lo acaricia y éste mueve la cola.

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                  En la choza prende carbón en el anafre y pone un comal, en una bolsa hay un puño de maíz hecho masa y, luego de aplastarlo y dividirlo en cuatro, lo rellena con un poco de huitlacoche con chile. Calienta té de cedrón y observa el vapor envuelto con el humo a través de algunos rayos de sol. Líneas de sombra dirigen la visión hacia un petate doble y una montaña de retazos de ropa forman una montaña de cobijas. Su padre, quien duerme por completo alterado, dejó la bebida por el PVC líquido y su conciencia ya no tiene sentido. Un animal salvaje estando despierto. Ella suspira y Semilla pega cariñosamente la cabeza en sus piernas para levantarle el ánimo, y lo logra.

                  Desayuna compartiéndole al perro y deja a su padre el resto, un poco más de la mitad; empero, ella comerá al rato y su perro husmeará por otros lados. Su espíritu es, aunque desconocido para ella en la autoconciencia, inmensamente grande; bello como la luz que percibe la mente en el proceso de autocomprensión. Lo sabe y no lo sabe, lo intuye y lo siente como la flor cuando amanece.

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Sale de la choza y camina dos kilómetros, deslindados por lodazales e hileras de chozas metálicas, hacia la antigua carretera. Se despide de Semilla cuando sube a un destartalado camión, que pasa cada dos horas, con destino al principal basurero de la ciudad. Ahí se encuentra con su grupo laboral, el comité VII del conjunto Morelos de la sección 52 del Sindicato de Pepenadores Unidos (o algo así). Dan las nueve y comienza el turno en un gigantesco llano relleno y cubierto de mierda por la basura producida por todos los que vivimos en esta ciudad. A nadie le importa qué pasa con la basura después de entregarla al camión y a nadie le importa a dónde va ni qué pasa con ésta, con su basura, con toda la maldita basura.

                  La tarea requiere, al menos para ella, tres procesos. Recoger todo lo que pueda ser considerado de valor, separar la recolección en siete categorías y la división de los plásticos en un bodegón con el aire viciado. A la una tienen descanso para comer y una infinidad de moscas los acechan en todo momento. Ella sólo puede pagar una torta de tamal y le comparten agua de un botellón colectivo. Regresa a la recolección.

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                  Mete sus manos en un montículo y siente un piquete, las extrae y la aguja de una jeringa atraviesa la palma de su mano. Nadie sabe, salvo el enfermo de hepatitis, que la aguja está infectada; se le hizo fácil arrojarla en el bote de basura regular. Una mujer ayuda a quitársela y sólo le ponen un pedazo de tela para detener el sangrado. Y sigue trabajando.

                  El sol desciende poco a poco y la niña se mantiene en la recolecta. Una gota de sangre cae sobre la basura, dos gotas, tres. Revisa su mano y no está sangrando, entonces siente el escurrimiento descendiendo en el interior de sus piernas. Se avergüenza, es la primera vez y no quiere que nadie la vea, se amarra su suéter en la cintura y se queda en playera aguantando el frío.     

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                  A las cinco suena un silbato y el trabajo ha terminado, por ese día. Regresa agotada a la parada y sube en su viaje de regreso al mismo destartalado camión. Suspira mirando por la ventana, tiene hambre pero no quiere comer. Es un hueco más profundo. Desciende del camión y ahí está Semilla, ambos caminan bajo la creciente oscuridad. No quiere llegar a su hogar, no todavía; se detiene en un puente y observa los dos carriles de automóviles que pasan velozmente bajo sus pies. ¿Y si me aviento? Semilla gime y ella lo acaricia. Cruzan la calle y una exagerada bocina se anuncia, es una enorme camioneta de lujo conducida por una señora, quien le grita al pasar:

                  —¡Pinche india!

Semilla le ladra y la camioneta se aleja. Llega a la choza y su padre la recibe con una cachetada, le reclama por no haber estado y, luego de interrogarla a gritos, le quita el pago de ese día; se retira maldiciéndola. Ella prende carbón en el anafre, pone una olla con agua y se limpia las piernas con una jícara. Busca comida y no hay nada, lo poco que había se lo devoró su padre. Ahora sí quiere comer, pero se aguanta.

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Se acuesta boca arriba, Semilla a su lado, y se pone a mirar el techo de la choza. Extraña a su madre, aunque la recuerda poco, extraña ir a la escuela, aunque fue muy poco, extraña reír y ya ha olvidado lo que significa ser feliz. Cierra los ojos y, luego de unos momentos de oscuridad cambiante, observa una playa, con arena blanca y soleada. Aparece ella, quien camina hacia el mar; también aparece Semilla, quien la sigue pero se detiene apenas toca el agua. Ella sigue caminando hasta perderse de vista mientras el perro no deja de ladrar.

Amanece y ella tiene los ojos abiertos, inmóvil, Semilla gime y le lame el abrazo, pero ella no contesta.  

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*                *                *


Lo bueno y malo sólo se aprende con el tiempo, quizá por eso creemos que nos hay personas más honestas que ellos, los niños; aunque a veces también nos sacan unos sustos, como en este cuento de El viejo y el niño, historia con la que Serner Mexica, también autor de “No se dice ler, se dice leer” nos deja sin aliento.

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Etiquetas:cuentos
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