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LETRAS

Mi soledad y tú, mi falso amor



Las personas no siempre saben lidiar con su soledad porque no soportan estar solas, por ello buscan la compañía innecesaria del otro, aunque esa persona sólo provoque daño... como la historia que te compartimos de la autora Guadalupe González: 



Montaba a caballo como pocos lo hacen, su silueta delgada lucía perfecta e impecable, su larga cabellera rubia y sedosa se dejaba llevar por el viento, sus ojos grandes, las cejas pobladas y una boca delineada eran el perfecto adorno para cualquier equino. Martina tenía 21 años, su abuelo fue el responsable del amor que tenía por los caballos, le gustaba pintar paisajes, hablaba francés e italiano, tocaba la guitarra y estudiaba administración en la Universidad Estatal.

Provenía del norte del país y vivía sola en un pequeño departamento cerca del centro de la ciudad. Su error más grande lo cometió al enamorarse de un hombre 38 años mayor que ella. Su castigo era la soledad que sentía mientras lo veía abotonarse la camisa para salir corriendo del hotel de paso donde cada martes se veían. Don Jorge era dueño del rancho donde ella practicaba sus dotes de amazona, mismo lugar donde la enamoró y la besó por primera vez, así, entre cerros y el volcán por testigo, así, sin planearlo y sintiéndolo mucho.




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Don Jorge estaba casado desde hace más de 25 años y tenía dos hijos; el mayor de la edad de Martina y una hija de 19 años. Divorciarse nunca fue una promesa que le hubiera hecho; sin embargo, Martina no era capaz de entender lo que pasaba, sólo se dejaba guiar por su instinto y el enamoramiento que sentía por aquel hombre. Quizá era el lento caminar de Jorge, su voz autoritaria, su forma tan peculiar de hacerla sentir amada, sus manos grandes sobre las suyas tan firmes y suaves... o su vestimenta, jeans, camisa a cuadros, chaleco afelpado y un sombrero negro en la cabeza, era lo que la hacía sentirse entre las nubes.

Jorge se sentía joven al lado de Martina. Solían viajar juntos por el asunto de los caballos, y en esos momentos y lugares parecían una pareja envidiable. Salian a bailar, comían helado, reían a carcajadas, no soltaban sus manos y él no hacía otra cosa más que adular su belleza. Ella se sentía hermosa, amada y perfecta. Todo el sueño terminaba cuando volvían a la ciudad y debía regresar a casa en un taxi, tan sola y llena de remordimientos. Sabía que esa soledad no era sana para su corazón, que lo mejor era no volverlo a ver, olvidar los caballos, el enamoramiento y enfocarse en su vida.




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Martina no le había contado a su familia sobre su relación con Jorge, la única persona que lo sabía era su amiga Alicia. Era casi imposible que se enterara viviendo tan lejos y visitándola de manera esporádica. Normalmente era su madre la que llegaba sin avisar, y cuando esto sucedía, era Alicia la que la ayudaba a pesar de saber que esa relación no era buena para Martina. Algunas veces Alicia la acompañaba para verla montar, trataba de hacerla entender que seguir viéndose a escondidas con aquel hombre sólo le rompería el corazón, pues era evidente que no dejaría a su familia por ella.

En el fondo, Martina sabía que esa historia de amor no tendría un final feliz. Jorge sólo podía dedicarle un par de horas a la semana. La sinceridad nunca se hizo esperar y lo más importante para él era mantener a su familia, al menos, por apariencia. Se había jurado no volver y seguir su camino lejos de él, pero por mucha lejanía que intentaba poner entre ellos, Martina siempre regresaba. Una y otra vez. Él la buscaba y la convencía, pues la soledad no le permitía seguir con sus días.




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Fue hasta que una invitación para estudiar en el extranjero la hizo empacar su ropa y salir de aquel lugar. Aún en la lejanía, pensaba en él cada vez que se sentía sola. Entonces le enviaba hermosas fotografías de los lugares que visitaba, le escribía cartas que no podía mandar, pero hacerlo la hacía sentir mejor. Todos los día se despertaba con la ilusión de verlo llegar en el sitio donde vivía; sin embargo, eso nunca sucedió. Transcurrieron muchos meses, y comenzó a acostumbrarse a su soledad, pues él dejó de enviarle señales de que la extrañaba o necesitaba. Martina volvió a México, pero al lugar al que nunca volvió fue al rancho. Ahora era una mujer libre y capaz de lidiar con su soledad sin necesidad de lastimar su corazón con un AMOR falso.




**

La soledad no es mala, con ella aprendes a saber lo que quieres y lo que no deseas en tu vida, aprendes a conocerte, a convivir y lidiar con tus demonios, a controlar tus emociones... en la soledad, muchas veces, se encuentran las respuestas que buscamos. Como lo hicieron Beauvoir y otras filósofas que debes conocer para entender de libertad, amor y maldad.





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Etiquetas:cuentos
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