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LETRAS

Lengua larga

Por: 6 de agosto de 2015



Conocí a un tipo de apariencia inofensiva en un pueblo que adopté como mi hogar. Con el pretexto de recluirme en un espacio apacible para que la creación fluyera, me vendó la idea del ambiente bucólico.

Heme allí, paseando por calles tranquilas, desiertos idóneos para pensar, bostezar, andar, comer y beber, cómo no, sin el peso moral del ocio inútil, ese que no lleva a ninguna parte. Sin creatividad, sin éxito, sin una idea clara de una invención me adentré en el ambiente pueblerino. Entre el arguende local me inscribí a un partido político para apoyar un proyecto que aparentaba no tener ni pies ni cabeza. Nada fuera de lo normal en mi respirar constante. Fue un martes como a eso de las seis de la tarde que le vi. Tez morena, chaparro y ojos saltones. Fumando a todo pulmón me recibió con cordialidad.

Hablamos de todo y de nada. Me compartió una partícula de visión política. Evocó un paisaje de Macondo, me habló de Pedro Paramo, de la revolución y la falacia de un Zapatismo venerado en la actualidad. Entre bocanada de cigarro y gestos de indignación, enunció vocablo tras vocablo su perspectiva del contexto nacional. Con el correr del tiempo le fui conociendo mejor. Un cabrón de cabo a rabo fue lo que vi en su esencia. Con la palabra seducía a todo tipo de persona sin importar su condición. Mecánico de oficio en su taller estaban, un día sí y otro también, personajes variopintos del pueblo colorido.

Entre maniobra mecánica y verbo escupido convencía a los plebeyos, como el los nombraba.

Sus manos grasientas y su cerebro bien aceitado representaban el coctel perfecto para la borrachera de ideas. Enaltecía al candidato que encumbraría y denostaba a los candidatos que derrotaría.

Vendía chismes que se convertían en verdad absoluta, tal como lo expreso Goebbels  “Una mentira repetida adecudamente mil veces, se convierte en verdad”. La suya ya era una de las buenas, contundente y certera.

Ojos de becerro, el chinto, la pilla, quititin, la vaca, la coneja, los monos, el mosco, petra,  a todos conocía por apodos. Yo sólo paraba oreja cuando su boca se revelaba. Me adoptó como su aliado y discípulo.

-Me caes bien chaparro, me inspiras confianza- me decía. Yo, ávido de ideas, le seguí sin rezongar.

Tarde tras tarde le acompañé en su tarea de ganar adeptos y confianza en torno a su empresa

Llevar al poder a su candidato.

Me sorprendió su maña sin reserva… Desplegaba un arte convincente sin regateos. Denostaba a diestra y siniestra a los oponentes. Relataba pasajes de la biblia, cuentos mexicanos, falacias históricas, verbos expuestos. El sánscrito en lengua mexicana traducía sin diccionario y con ignorancia transpirando en el aire del ambiente. La gente le creía. De alguna manera embelesaba sus almas podridas, sus  corazones encogidos, los egoísmos crecidos. A todos seducía sin importar la ocasión.

Al principio, como escritor fracasado,  yo apuntaba las ideas que  consideraba importantes. Al cabo de dos días mande la libreta al basurero y me adentré en su mundo. Mecánico de pararrayos, idealista de abolengo, maquiavélico por instinto, noble por convicción, un verdadero loco de los buenos me estaba instruyendo en el arte de la política. Como cordero me dejé llevar. Sobra decir que ostento una personalidad  cobarde y sonadora. No por nada intento ser escritor, personajes que preferimos inventar historias en vez de vivirlas. No llego a poeta, pues no logro enamorarme de la fantasía. Los sueños me bastan para crearme un surrealismo mediocre. Le acompañé en la calle, le seguí en sus charlas en corto, me convertí en su sombra. Reía a carcajadas, creía en sus mentiras, me vi en su mundo. Poco a poco, a fuerza de soledad y falta de chispa creativa, fue ganando mi admiración.

Tal vez pienses que me deslumbro sin mayor obstáculo. La verdad es que solito ganó la contienda. Un mes después levantó el brazo de la victoria sin importar el discurso, la plebe y el dinero de los otros candidatos. Noche a noche como borrego le preguntaba…

-¿Crees que ganemos?

Acto seguido,  me respondía: -  Esta elección está definida.

Pasaron los días. La gente se arremolinaba en torno a su palabra. Verdad o mentira, sus dichos eran creídos y bien recibidos. Su puesto ya estaba seguro. ¿El mío? como siempre estaba en las gradas. El espectador constante, el aficionado inspirado en una bandera ajena. Ayudé a servir el café, en asentir sus dichos, en abrazar a la tropa, tal como el la llamaba a esa gente que lo mismo levanta basura que la siembra.

Llegó el día decisivo. Sin duda que no se equivocó. Ganamos, para colgarme, como buen holgazán de un triunfo ajeno. El hoy presidente lloró de alegría. Este hombre sólo sonreía. Su casa es modesta, su ego aquietado ratificó su veredicto previo.

A base de saliva, de recorridos de cerebros indefinidos, de charlas interminables pero productivas, se alzó en las mieles del triunfo. Su taller está cerrado. Mi causa está cubierta. Un poco de certeza verdadera ante tanta incredulidad basta y sobra para dirigir las ideas de las personas.  Se puede interpretar en este texto que la política es así. No obstante que se crea que este texto es algo natural en temas políticos, sin dinero, sin estructura , sin creencia intensa de la gente , el éxito de este chaparro es cosa segura. Todos los candidatos que he apoyado, han logrado saquear la presidencia, me dijo. Es tiempo de robar con maestría. Le creo cada palabra expuesta. Hace una semana sentó al electo con un senador. Se ha cepillado ya a dos que tres mujeres de no mal ver que laborarán en el nuevo gobierno. Su mujer le ama, la gente asiste a su morada con dinero por delante para asegurar una chamba en la próxima administración. El ni se inmuta ni se ofende. Lo sé porque he estado hasta altas horas de la madrugada  acompañándole, bebiendo café y fumando tabaco. El poder es más importante que el dinero, me comenta. Los dolores de la vida son útiles e inútiles, prosigue. Nacos son aquellos que escuchan a las bandas norteñas, beben cerveza y creen que la música clásica es de putos, continúa. He ayudado a bastante gente desamparada a morir dignamente. Sirve más café, negra, le pide  a su esposa a quien le dicen ese mote de carino, sus allegados.

He peleado con el presidente hoy por la mañana, me comparte. Lo he aquietado con valor. Las pulgas me preguntan, las cucarachas me piden permiso antes de entrar a mi hogar. He tirado presidentes y levantado unos cuantos indigentes. La vida es locura pura, es por ello que todos los días monto a mi unicornio plateado.  -Bebe más café- me dice .

-Me marcho-, respondo.

Sonríe mientras yo me alejo de la locura. A su negra le besa nuevamente. Me adentro a la noche sin recelo. Camino sin más libertad que la verdad que condena, aquella en la que los  farsantes son descubiertos sin chivatones o reflectores. Un perdedor  deambula por la oscuridad, este quien te escribe mientras el mecánico ha engrasado, una vez más, la fantasía de un hombre que ha sido ungido por las mentiras y verdades  de una realidad imaginada en un colectivo  campirano. Una muestra de que en este mundo las verdades son más menospreciadas que las mentiras. La política apesta, la moral se pudre, la verdad es letra muerta.


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