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LETRAS

La última mirada de un hombre perdido


En las mañanas invernales de Piura, antes que el sol inicie su implacable dictadura, la bruma suele acariciar con fragilidad las mejillas de los madrugadores, la corteza de los algarrobos y el asfalto de las avenidas.

Avenidas como la Progreso, ese largo y rígido milpiés que atraviesa casi todo el distrito de Castilla, por el que pasan los primeros carros del día transportando a los hombres y mujeres de piel tostada que llegarán a su destino sin mayor novedad. Gente que no se dará cuenta que a cierta altura de la avenida, cuando el dictador empiece a rayar en el cielo, un tipo famélico y desgarbado se subirá a un bus, y, con la voz oxidada, “primo, jálame hasta el cementerio nomás, no te malees”.

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El tipo famélico y desgarbado pondrá en alerta a algunos pasajeros. Algunos cogerán sus maletines con fuerza y algunos se santiguarán. Pero probablemente él ya esté acostumbrado a estas cosas. Así que se parará en el pasillo del bus y se sujetará de los tubos que cuelgan del techo. Las dos manos estiradas, una a cada lado, listo para ser crucificado, clavado por la penetrante indiferencia de las miradas que lo esquivan.

Puede que el polvo que cobijan los parlantes del bus se desplome por la vibración de la rica cumbia que “se las come a todas y punto carajo”, y que alguno de los asientos que han servido de lienzo para grafiteros improvisados sume otro chicle mascado a su lista de huéspedes, y que la huella de un escupitajo espumoso en medio del pasillo se desvanezca.


Fotografía por Anton Surkov

Lo que sí es seguro es que la mirada de él se estrellará contra el rostro de ella. Un big bang. El universo explotando ante sus ojos. En la cara huesuda y taciturna del tipo se retorcerá la curva de una sonrisa color ternura. Pero, la joven, mirará a la ventana, pretendiendo estar del otro lado del vidrio. Intentará ignorar los dientes amarillos del tipo, no querrá ver la frondosa y tiesa barba que le circunda la mandíbula tostada, ni mucho menos aquella melena de león, con la que luce como el rey de una decadente selva de concreto.

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En cambio él. Sus ojos. Sus pupilas. Van a venerar la tez canela de la joven, van a mirar con devoción y curiosidad el rostro de la desconocida, el brillo del sol pintando sus mejillas, sus labios estáticos como dos pequeños sarcófagos color carmín. El tipo famélico y desgarbado venerará la vida, esa que se le escapa cada vez que exhala la pitada de quién sabe qué alucinógeno venenoso y barato.

La joven no despegará sus ojos de la calle y se sentirá incómoda y observada y asustada. El hombre no dirá nada, no intentará nada y seguirá mirándola, pero sólo de rato en rato. Él no la mira con deseo, lo hace con fascinación; él no parece un hombre perverso, sino alguien que hace tiempo se extravió; él mira a una mujer bella como tratando de recordar qué significa esa palabra: belleza.

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Finalmente, llegará a su destino: el Cementerio de Castilla, su cementerio. El hueco sin salida en forma de T que cobija a hombres desahuciados, a delincuentes, a drogadictos, a “Los fumones de Castilla”, a “Los Inocentes”, a cientos de cuerpos sin vida y decenas de vidas sin cuerpos. Y allí esta breve y amorfa historia de amor deberá terminar.

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Etiquetas:cuentos
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