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LETRAS

La muerte de Juan Gabriel (García Márquez)

Luego de buscar trabajo como escritor en prestigiadas revistas literarias, lo encuentro finalmente en un periódico de nota roja. No es lo que quería pero al menos las principales deudas estarán cubiertas. Me llaman el domingo a mediodía mientras escucho a Beethoven en la versión bailable de la quinta sinfonía.

—¿Todavía quieres la chamba?

—¿Quién habla?

—El Yorch, no tenemos reportero para la zona oriente. ¿Sigues interesado? La vacante es tuya. ¿Conoces Iztacalco?

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—Más o menos. ¿Por qué?

—Nos vemos en la explanada de la delegación a las once de la noche. ¿Cuento contigo? Ahí te entrego un sobre con toda la información que necesitas.

—Está bien pero…

Me cuelga. Quedo pensativo. ¿Cómo quedamos en cuanto al pago? Bueno, en la noche lo aclaramos. Se corta la interpretación de Walter Murphy, se ha ido la luz; más bien me han cortado el servicio eléctrico por falta de pago.

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Dedico la tarde para escribir ridículos poemas y cuando llega la noche me preparo para mi nuevo trabajo; gabardina negra, con la que ya parezco retrato y, bajo la noche iluminada de ocre, salgo caminando. Llego diez minutos antes y el Yorch ya me está esperando. En el sobre viene un manual para empleados del periódico, mi identificación como reportero y un primer pago de mil pesos. Apenas voy a preguntarle algo cuando le llaman por teléfono, me dice que es trabajo y lo sigo hacia su coche para ir a cubrir una violenta pelea entre vecinos de la colonia Agrícola Oriental.

                 Dos patrullas iluminan de azul y rojo la calle con sus ventanas y paredes, una mujer llora en medio de la calle y dos policías someten a un muchacho con el rostro golpeado. Grita desesperado que han matado a su padre. Un niño se saca los mocos mientras mira por la ventana y en las azoteas los perros ladran. Sigo al Yorch por un pasillo flanqueado por vecinos curiosos y más policías, llegamos al fondo, donde hay un cuarto con los vidrios rotos. Adentro está un hombre en el suelo, recargando su espalda en la pared y con un orificio de bala en su gran panza. El Yorch lo mira de cerca, lo inspecciona y sale molesto del cuarto.

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—¿Tú quién eres? —me sorprende el no occiso.

—Soy reportero —respondo titubeando.

—Necesito un médico, no un reportero.

—Bueno, es que yo…

Regresa el Yorch seguido de dos policías, a los que regaña a gritos:

—¡Está vivo, par de pendejos! ¡Por qué no han llamado a una ambulancia!

—Parecía que estaba muerto —justificó uno.

—Creo que ya le llamaron —justificó el otro.

—¡Vayan a ver qué pasó con la ambulancia! —les grita y salen, me mira—. Voy con ellos o la van a volver a cagar, tú quédate con él y mantenlo despierto. Que no se duerma, si se duerme se muere.

Y sale corriendo. Nuevamente quedo solo con el baleado, volteo a verlo y sigue inmóvil; ha perdido color y parece que no respira. Me acerco, levanto la mano y miro sus ojos fijos de cerca. ¿Ora sí estará muerto?

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—No estoy muerto —me advierte molesto.

—Perdona, sólo revisaba si estabas bien. ¿Cómo te llamas? —pregunto por preguntar.

—Juan Gabriel.

—¿Como el cantante? —digo por decir algo—. ¡Oye, qué padre!

—No lo soporto.

—Qué.

—No soporto a Juan Gabriel.

—¿No te gusta?

—Lo odio.

—¿Por qué?

—Porque…

Nos interrumpe la entrada de los paramédicos y los policías me desplazan. El Yorch me dice que hay que retirarnos para cubrir otro episodio de violencia. Ya no puedo despedirme de Juan Gabriel y, al preguntar por él, escucho que lo llevan al hospital San Andrés. Me subo al auto, suspiro y confieso mi debilidad.

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—No puedo hacer este trabajo, Yorch. Todo es muy turbio y no me gusta lo que acabo de ver.

—¡Es tu primera noche! Es normal que te dé frío, pero ya te irás acostumbrando a la sangre y los muertos. Tú aguanta.

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—Déjame pensarlo, pero por hoy ya es suficiente. De veras, tengo náuseas.

El Yorch comprende y me deja en Churubusco. Tomo un taxi y, cruzando avenida Tezontle, por poco nos embiste un enorme camión que se pasa el alto valiéndole verga el mundo. En el reflejo de la ventanilla observo mi pálido rostro. Es la noche y sus demonios. ¿Tengo el carácter para cubrir la nota roja? El taxi me deja en periférico, compro cigarros y una botella de mezcal barato. Llego a casa y, a pesar del brutal cansancio y desvelada, no puedo conciliar el sueño. No quiero dormir. Voy a la sala, me echo en el sillón y prendo un cigarro. Maldito vicio del tabaco. Llevo media botella cuando regresa el servicio eléctrico y, con ella, la música bailable de Beethoven. Termina el álbum, prendo la tele y escucho el noticiero del lunes por la mañana.

—Murió Juan Gabriel.

Un escalofrío por la sorpresa y extraña coincidencia. Pienso en el otro Juan Gabriel y una inexplicable ansiedad hace vestirme y salir de prisa rumbo al hospital. No sé por qué pero tengo que conocer su reacción. ¿Ratificaría su odio o lamentaría su maldición? ¿Habría una oportunidad para el perdón?

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—Está en terapia intensiva —me dice una enfermera—, sólo familiares.

—Yo soy su sobrino —miento escondiendo mis francos ojos. Ella me mira, le sonrío sinceramente y, finalmente, me deja pasar.

—Sólo quince minutos.

Asiento y subo al elevador. Llego al décimo piso, las luces tenues y los pasillos silenciosos y solitarios. Sigo mi instinto y camino hacia la izquierda, leo de reojo los nombres de los pacientes en las habitaciones y, luego de unos quince, detengo mi caminar para regresar y enfocar el nombre de Juan Gabriel García Márquez. ¿García Márquez?

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Entro y en la penumbra descubro su cama, me acerco y nuevamente parece como si estuviera muerto. Miro a mi alrededor y no hay nadie, regreso a verlo y me sorprende con un grito que me asusta un chingo. Luego de recuperarme, le miento la madre. Estoy molesto pero al verlo noto que está sonriendo. Al menos eso.

—Por lo que veo ya te sientes mejor.

Asiente, queda pensativo. Estoy a punto de preguntarle sobre su odio al divo cuando el tema es abordado por él mismo.

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—Maldito nombre, siempre me persiguió. Pude haber tenido otra vida si nunca me hubieran asociado con ese maricón. La gente pudo haberme relacionado con otras cosas y no sólo con él.

—¿Nunca has escuchado hablar de Cien años de soledad?

—No, qué es.

—Una novela. Es un libro, pues. ¿Nunca habías escuchado hablar de él?

—No. ¿Por qué? ¿Debería? Qué tiene que ver conmigo ese pinche libro.

Cómo explicarle. Y cómo explicárselo a alguien que, a pesar de llamarse de la misma manera, nunca ha escuchado hablar de Gabriel García Márquez. Sólo Hegel podría explicar la lógica de dicha relación, Nietzsche haría un poema dedicado a la consciencia rupestre y Heidegger describiría la naturaleza de la no-auto-consciencia como la relación ser-a-la-mano sin haber sido negado.

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—¿Por qué te quedas callado con cara de idiota? —me pregunta e intento comprender su irritabilidad. Le hablo sobre la muerte de su tocayo y enfurece de inmediato, me grita y le da un ataque de tos que le pinta el rostro de rojo. Le doy agua y, poco a poco, recupera el color. Ya me quiero ir.  

—Me despido, don Juan Gabriel García Márquez —le digo y me doy la vuelta para retirarme, pero no recibo respuesta. Me detengo, volteo lentamente y aparentemente está dormido. Sin embargo, algo me dice que finalmente ha fallecido. Finalmente. Lo miro, pienso en su ingenuidad y no puedo evitar sentir tristeza por él. Su odio era equivalente a su ignorancia. Que descanse en paz. Miro su semblante, inanimado y frío, inmóvil y, espiritualmente, en profundo vilo.

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La muerte es misteriosa, pienso reflexivo cuando el silencio se rompe brutalmente con un último grito que nuevamente me hace brincar asustado y de los nervios quebradizo. Comienza entonces el constante y liso tono agudo que indica la falta de signos vitales en el paciente. Entra un médico y confirma su muerte.

—¿Usted es su pariente?

—No.

—¿Y qué hace aquí?

—Soy reportero y estoy cubriendo la muerte de Juan Gabriel. La muerte de Juan Gabriel García Márquez.

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Etiquetas:cuentos
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