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LETRAS

El vago y sus magos del microsegundo

Pintura por Luis Felipe Rivera Cruz

–No sé qué más podré hacer cuando no encuentre nada qué decir– y el silencio estuvo presente aún cuando pronunciaba las palabras. Él sabía que desde hace mucho tiempo sus deseos estaban tumbados y otros se inclinaban en ángulos distintos, no podía ocultarlo, era estúpidamente evidente. Sus ideas y pasiones existían como túmulos que habían, en tiempos pasados, arrojado su fútil desafío al olvido. Se había convertido, lentamente, en parte de la estación de tránsito, llena de sonidos, olores y visiones alucinantes.

–Eso si que fue una batalla perdida– habló nuevamente. Aquel sujeto era el único quien sabía que sus palabras se desencadenaban ahí con el poder de la elocuencia, aunque permanecía respirando un aire viciado por una inmensurable soledad. Eran las seis de la mañana o algo por el estilo, era como si aquellos muelles, plásticos, cobraran vida al momento en que él los observaba. Tenía de frente al póster publicitario y en ningún momento le daba la espalda.

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–Y yo sé que ya se han cambiado muchas ideas sobre la inmortalidad del alma– repicó con firmeza, de la forma más digna para la posición en la que se encontraba ahora, sucio y desamparado, perdido.  

Las muchedumbres ya empezaban a pasar en montones entre los angostos pasillos del subterráneo, y yo era parte del tumulto de hombres con neurosis citadina. El primer metro hacía evidente el inicio de un nuevo día. Y a decir verdad, primero pensé que aquel hombre estaba urdido por la locura, desnudo ante la lanza deseosa de la muerte y que no lo acompañaba nadie; pensé que su alma estaba uncida al yugo de esta vida arrogante, atada en la miseria que se proyecta cotidianamente en nosotros y nuestras ciudades sordas, las de los hombres quienes permanecemos de cabeza a todas las estrellas calvas. 

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–A falta de otras armas, bastará con la paciencia del cuchillo; a falta de otras armas, por ahora será suficiente con estas palabras– escuché que continuó diciéndole a la publicidad de una nueva película anunciada, a un costado de aquel póster de comida para mascotas.

Sujeto extraño, en ocasiones dejaba espacio entre lo que le decía a la lámina publicitaria, en otras lo hacía todo de corrido. De esa forma, ante su dificultad de pensar y vivir al mismo tiempo, ante los riesgos de extraviarse en el intento, el vagabundo estaba a punto de decir más cosas. Sus desorganizadas declamaciones se calcaban ante sus ojos en la sombra y en la duda, con el sigilo y el desencanto perfecto para todas las miradas que lo evitaban subconscientemente, aquellas que pasaban y se iban de largo, corriendo a sus destinos, corriendo entre todas esas citas de negocios, de amor, de amistades e, incluso, esa clase de citas que no nos llevan a ningún lado, que se olvidan fácilmente.

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–Vigilia será mi nuevo nombre, somnolencia será nuestro destino… Déjame te digo que hay algo interrumpiendo el mundo del tiempo que es constante, ahí es donde se esconden esos brujos, los magos del microsegundo, físicos taumaturgos. Son ellos los únicos quienes hacen una pausa en la velocidad que deriva del cambio de la posición, con respecto a toda unidad de tiempo ¡Poetas de la óptica geométrica! De la movilidad cuántica. Son ellos los ilusionistas verdaderos, los únicos subalternos de la línea creciente que describe al movimiento ¡Estoy seguro que son ellos los reyes de la nigromancia!– y les juro que yo tampoco le entendí un carajo. 

Me fui de ahí pensando que en este mundo de ciega fatalidad, las ciudades se han vuelto la cuna de miles de construcciones turbadas. Ciudades en las que enredamos nuestras miradas tantas veces con personas que, suponemos, nunca volvemos a ver. En ellas nos besamos enfrente de todos los millones de edificios ciegos y vivimos nuestras vidas esperando nuestra ilusa maravilla, nuestro estúpido milagro, el que nos revelará la magia del sinsentido de la vida. 

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Etiquetas:cuentos
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