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HISTORIA

Los organilleros y el sonido del pasado


Llevan más de cien años musicalizando diariamente los paseos de generaciones y generaciones de capitalinos que gozan remontarse a su pasado escuchando melodías populares. Actualmente, parece que su oficio pasa desapercibido, y aunque se resiste a morir entre los viejos edificios de la ciudad, ellos aún le dan vida a las calles: los organilleros.

El oficio del organillero llegó a México durante el gobierno de Porfirio Díaz, los fundadores de la casa de instrumentos Wagner y Levien solían rentar organillos a gente para que saliera a ganar dinero con ellos a las calles, aunque fueron los empresarios, circos y ferias quienes compraron los primeros organillos en México.

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Si hay alguien que conozca a la perfección los amaneceres y anocheceres citadinos, son los organilleros, pues sus jornadas laborales son de aproximadamente 12 horas diarias, y navidad es la época en la que suele ir mejor. Sin embargo, normalmente transcurren varios minutos para que alguien coopere con una moneda. Por lo tanto, es complicado para ellos juntar la cuota de renta diaria del organillo, que asciende mínimo a 150 pesos.

El distintivo uniforme de los organilleros tiene tradición desde 1975, año en que se formó la Unión Mexicana de organilleros, y rinde homenaje al uniforme del ejército de Francisco Villa.

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El cilindro, u organillo, toma su nombre del mecanismo que le permite crear melodías. Consiste en un rodillo de madera con incrustaciones de metal que funciona como partitura, aunque su sistema se compone de cientos de elementos trabajando en sincronía.

Las partes de un organillo pueden incluir silbatos, bajos y trompetas. Son de madera, bambú o latón y llegan a pesar hasta 50 kilos. Deben ser muy bien cuidados, ya que su composición es un proceso muy tardado y complicado, porque las piezas son difíciles de conseguir y algunas deben ser importadas desde Alemania, Francia o Italia, y algunas de éstas dejaron de fabricarse después de la Segunda Guerra Mundial.

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El oficio del organillero es uno de los que más han sentido el paso del tiempo; de los 500 organilleros que en el porfiriato alegraban los principales parques y alamedas de la ciudad, actualmente existen aproximadamente 40 de ellos en las calles.

Cuenta la leyenda que el cliché del mono cilindrero era cierta, pues antes un mono araña pedía la cooperación mientras el organillo tocaba. Ahora, algunos organilleros traen un mono de peluche con ellos, de forma simbólica, (los organilleros en Chile solían acompañarse por un loro).

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Si bien es cierto que el oficio del organillero ha sobrevivido por décadas, su futuro es cada vez más incierto. Hoy, escuchar un organillo es un placer que sólo gozan las personas que valoran la tradición de pararse a disfrutar una canción que les recuerde su juventud. Mientras la gente entienda, valore y apoye esta antigua costumbre que es parte de nuestra historia y cultura, el oficio del organillero tendrá futuro.

“Ya se va el organillero

nadie sabe adonde va;

dónde guarda su canción,

pobrecito organillero

si el manubrio te cansó,

dale vuelta al corazón."

"El organillero". Agustín Lara.

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