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FOTOGRAFÍA

El proyecto fotográfico que convierte al desnudo masculino en ansiedad




La deformidad aparece como una transgresión a la naturaleza, la normalidad y lo deseable. Como si se tratara de una ley no escrita, las calles reúnen a los marginados, subnormales, monstruos condenados a perecer lenta y dolorosamente ante la sociedad que los hace invisibles y aísla de cualquier espacio de aparición posible. El peso de un discurso que se reproduce en todas direcciones recae sobre sus hombros y ante su desaparición social, sólo queda el cruel designio de formar parte de las filas de fenómenos y condenados a la inmundicia.

Darwin estaba seguro de que las leyes de la naturaleza que descubrió durante su gran empresa aplicaban igual a una bacteria que un pájaro o al ser humano. El intrincado proceso de evolución es la mejor muestra de la aleatoriedad de la naturaleza: como una enorme maquinaria que experimenta con mutaciones y errores en la escritura cromosómica, la vida se abre paso de formas insospechadas, imposibles de anticipar con certeza.





Al margen del promedio, algunos individuos parecen destinados a sucumbir bajo un principio tan preciso como implacable, que históricamente ha servido de justificación ideológica y pseudocientífica para legitimar la superioridad racial entre los hombres. No obstante, milenios antes de la teoría de Darwin, la discriminación entre caracteres biológicos era una práctica común en el seno de la cultura occidental.

En la polis espartana, el Monte Taigeto era el sitio de abandono (Apotetas) para los recién nacidos considerados no aptos para la vida según la concepción y los valores del pueblo guerrero. Las mutaciones, enfermedades, deformidades, retrasos y otras anomalías eran signos de debilidad en Esparta y eran arrojados al vacío como expresión inequívoca del ideal de una sociedad.





Se trató de un filtro que se estableció sobre las características físicas de los individuos, un discurso que se reprodujo como verdad inaugurando el binomio normal-anormal como sinónimo de lo deseable e indeseable, la regla y la excepción, con sus propios ejemplos y desviaciones que se fortalecieron a través de la tradición oral, artística y bélica del pueblo espartano.

La fotografía de George Dureau aparece en sentido inverso a estos valores. En un horizonte estético en que la idealización del cuerpo es la norma, las figuras masculinas fuera de los cánones de belleza crean un desequilibrio, una disonancia que rompe con las formas conocidas y estimadas, al mismo tiempo que propone un diálogo más allá de lo común.







Como si se tratara de una escultura griega, la sinceridad de las fotografías exalta un erotismo insospechado, que inspira veneración igual que una deidad. Las imágenes de los más desposeídos de Nueva Orleans apuestan por una transvaloración de los criterios estéticos que gobiernan Occidente: el débil, deforme y anormal se eleva a la categoría de un dios mitificado, mientras los cuerpos producto de la naturaleza, encuentran el sitio del que han sido relegados históricamente.

Amputaciones, problemas congénitos y hormonales revelan una humanidad inédita, relegada allá donde la miopía de la sociedad no alcanza a mirar. Músculos maltrechos en contraposición con un perfil estoico generan una concepción que escapa del discurso común, mientras la compasión (que se alza como el peor mal desde el principio de no discriminación) propone un trato especial como principio de anormalidad.




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Conoce el trabajo de Bryan James Caruthers, que propone un diálogo disruptivo similar al de Dureau, pero enfocado en el peso de los roles sexuales en la sociedad contemporánea, después de mirar las mejores imágenes del fotógrafo que le da un nuevo sentido a la masculinidad. ¿Cuánto estarías dispuesta a sacrificar para cristalizar tu mayor pasión entre dolor, sufrimiento y un régimen de entrenamiento casi militar? Mira la perfección y el dolor de ser una bailarina rusa para conocer el dramatismo detrás de la escuela de ballet más rígida de Rusia.




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