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ESTILO DE VIDA

Peluso, el perro que no pidió nacer

Por: 17 de agosto de 2015

Como sucede con frecuencia en esta ciudad fatídica, la estatua del perro callejero situada entre la calle de Moneda e Insurgentes Sur, en el Distrito Federal, es el emblema de una realidad que sobrepasa los estándares activos de nuestra idiosincrasia: matar primero a los ídolos, para luego levantarles monumentos que rectifiquen compromisos fingidos, carentes de seriedad no sólo para los sectores gubernamentales sino para la población en general. Esta escultura, erigida en honor a un perro llamado Peluso, a veces pasa desapercibida, igual que todos esos canes a los que simboliza: presencias marginadas en el ir y venir, recorriendo las avenidas, merodeando los mercados, durmiendo debajo de los puentes, agonizantes en cualquier plaza pública; sufriendo lo que para muchos se ha convertido en una imagen cotidiana de nuestro folclor, uno de los tantos defectos con lo que aprendemos a vivir los mexicanos.

Creada por Girasol Botello, la estatua del perro callejero intenta sensibilizar a la población ante el maltrato canino, el que puede ir desde la agresión física, hasta el encierro y la privación de libertad. De igual forma, el empecinado abandono y la falta de programas para la esterilización, han hecho que diversas asociaciones ciudadanas, conscientes del problema, tales como Milagros Caninos, hayan comenzado a tomar cartas en el asunto, creando albergues, centros de rehabilitación, dormitorios, comedores, consultorios e instalaciones de educación para todos aquellos perros abandonados a la suerte siniestra de las calles.



Según el médico Jacinto Badillo, de la Asociación Civil Pro-perro, en el 2010 se registraron 3 millones de perros habitando la Ciudad de México, de los cuales, 2 millones 500 mil eran callejeros. Este año, dicha cifra aumentó un 32 por ciento. Parece alarmante que el aumento no se detendrá en los años sucesivos, sino todo lo contrario, la gente continuará abandonando perros en la calle ya sea porque no pueden tenerlos en casa, porque el perro no resultó ser lo que ellos esperaban, porque la economía no alcanza para alimentar a otro miembro de la familia, etc. Sólo los carentes de sentido común piensan que estos animales no poseen sensibilidad, afinidad a las emociones humanas, subestiman su percepción de lo que sucede en el entorno. ¿Cuántas veces ha ocurrido que vamos por la calle (sobre todo de noche) y un perro errabundo nos sigue, como intentando ganar nuestra simpatía, sirviéndonos de compañero por un momento? Dicen que si un perro callejero es adoptado, éste será el doble de agradecido con sus dueños porque ha experimentado el tormento de vivir sin un hogar.



La verdad es que nadie quiere hacerse cargo de tanto perro. Preferimos verlos deambular como ajenas mascotas del exterior, destinadas a una suerte incierta: atropellados sobre las autopistas, a veces torturados por las personas ávidas de violencia, cazados por los departamentos de salubridad. Pero ni siquiera los programas antirrábicos logran darse abasto ante el constante crecimiento de la población perruna, el sacrificio tampoco parece factible como medida, la adopción es cada vez menos practicada entre los ciudadanos. Lo único seguro es que mientras haya grandes concentraciones humanas en un sector geográfico, los perros siempre estarán ahí; y no es que pretendan ser nuestros acompañantes eternos y fieles, sino que dependen en su totalidad de nosotros. Así surge la importancia de programas y asociaciones como Milagros Caninos o Pro-perro, las que se encargan del cuidado y la adopción de caninos, con base a un estudio exhaustivo de las familias interesadas y comprometidas a cuidar a uno de estos amiguitos, brindándoles una nueva oportunidad de vida.





La estatua del perro callejero es una de las 10 erigidas en todo el mundo. Fue financiada por Patricia España y su esposo, el exjugador Miguel España, actuales presidentes de la asociación Milagros Caninos; entre otras personas empeñadas en afrontar el dilema de frente. La escultura muestra la figura del perro Peluso, que murió cinco días antes de que su estatua fuera develada, debido al estado de salud tan desfavorable que presentaba. Parece lamentable que este tipo de acciones no surtan efecto en una sociedad como la nuestra, incluso hay gente que, al no conocer la intención de la estatua, creen que se trata de una muestra de arte conceptual o algo por el estilo. No ven el verdadero trasfondo: la lucha infatigable por la preservación de los derechos animales, un dilema que nos concierne a todos.




Por medio una placa prosopopéyica, situada en la parte inferior del pedestal, se da a conocer lo que cualquier perro diría al encontrarse en condiciones tan horrendas:

“Mi único delito fue nacer y vivir en las calles o ser abandonado.

Yo no pedí nacer y a pesar de tu indiferencia y de tus golpes,

lo único que te pido es lo que sobra de tu amor.

¡Ya no quiero sufrir, sobrevivir al mundo es sólo una cuestión de horror!

¡Ayúdame, ayúdame por favor!”

Peluso.


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