19 de septiembre, una fecha que jamás se borrará de mi corazón

17 de septiembre de 2021

Lau Almaraz

Es una fecha que recordaremos el resto de nuestras vidas... Tú, ¿recuerdas qué estabas haciendo aquella tarde?


No quería levantarme. Entraba a trabajar a las tres de la tarde, así que ese día mi intención no era despertarme tan temprano. Había tenido una noche medio agitada porque se me ocurrió ver una película de terror antes de irme a la cama. Era 19 de septiembre del 2017 y mi roomie me convenció de salir a comprar tacos de guisado para desayunar. Siempre he pensado que desayunar tacos te deja con un aliento distinto durante el día, pero esa mañana me convenció de hacerlo.


Antes de cruzar sobre Eje 5 y Cuauhtémoc, comenzamos a escuchar la alerta sísmica que anunciaba el simulacro nacional para conmemorar el terremoto de 1985. En aquel entonces yo tenía apenas tres años, recuerdo poco y lo que me dicen mis papás que viví, realmente no era algo tan alojado en mi memoria. No sabía que horas más tarde viviría un momento que me dejaría marcado el corazón para siempre.

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Después del desayuno, el horror

Cada quien se fue a su recámara después de desayunar. Luego de hacer mi monitoreo seguí de necia con las películas temáticas y puse Destino Final. Desde la preparatoria tenía una fijación con Devon Sawa, supongo que tuvo que ver mucho el hecho de aparecer en las portadas de la Super Pop que se vendía por los años noventa acá en México. Fue a las 13:14 cuando decidí pausar la película para levantarme y ver mi rostro en un espejo que tenía cerca de la ventana. Un golpe en mis pies me alertó. No fue un golpe leve. Fue uno que me impulsó como resorte.


"Está temblando", le dije a mi roomie al tiempo que caminaba rápido de mi recámara a la puerta del departamento, ubicado en un primer piso. Para ese momento ya todo se movía. Caminé lo más calmada posible, pero las palpitaciones de mi corazón me decían que debía hacerlo más rápido. Tomé el barandal y parecía estar elaborado de goma. Crujía todo. Cierro mis ojos y recuerdo ese sonido: era como si echaras tierra a un costal de papel de estraza.


El pasillo que conecta las escaleras a la puerta de entrada parecía ser el más largo de todo el mundo. Fui la primera del edificio en bajar y me sentía sola en un espacio oscuro. "Me voy a morir, me voy a morir", era lo que me pasaba por la cabeza mientras que las paredes empujaban mi cuerpo de un lado a otro. No es mentira que también te inundan imágenes de tus seres amados. Saqué la llave que abre la puerta de este edificio que sólo abre con llave, incluso estando dentro. No podía. El temblor del edificio y mi nerviosismo no me dejaban que le atinara a la cerradura. Los vecinos ya estaban detrás de mí cuando uno de ellos comenzó a golpear mi espalda: "¡Abre ya, apúrate, nos vamos a morir!", gritaba.

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¿Cómo me van a encontrar mis papás?

Cuando salimos del edificio todo seguía tronando. No sabíamos a dónde hacernos. Los cables de luz se movían de un lado a otro, se rompían cristales de casas que hoy en día ya no existen. Dieron paso a la construcción de edificios que se rentan con la cualidad de ser "antisismos". No recuerdo, hasta ahora, algún grito de los vecinos, no eran muchos porque era horario laboral, seguro a muchos de ellos los "agarró" en sus diferentes trabajos.


El vecino que me golpeó, pasado el sismo, nos comenzó a mostrar videos que encontraba en Twitter. Mi roomie y yo regresamos al departamento y sabíamos que había sido algo fuerte: las grietas nos lo demostraron, el azulejo botado de la cocina nos lo demostró, los cuadros tirados en el suelo junto a los discos compactos nos lo demostraron. No nos bañamos, era un riesgo prender el calentador. Apagamos las llaves del gas, nos cambiamos y luego de confirmar que nuestras familias estuvieran bien, tomamos el bus para ir ahora a confirmar que nuestros compañeros de trabajo estuvieran a salvo: el edificio donde trabajábamos estaba ubicado en una zona sísmica.


Tomamos el autobús sin comprender, aún, la magnitud del asunto. En la radio, el locutor "yo creo que el juego de Cruz Azul se va a suspender por esto", mientras volteaba hacia mi derecha porque muchos pasajeros comenzaron a exclamar: "¡Dios mío!". A través del cristal vi cómo una casa se había derrumbado completamente. La nube de polvo y la corredera de gente intentando ayudar, provocó que salieran las lágrimas contenidas desde las 13:14 cuando todo comenzó. "Esto no fue cualquier cosa, Laura. No fue cualquier cosa...".


Mientras íbamos en camino yo pensaba: "Si me hubiera pasado algo ¿cómo me reconocerían mis papás? ¿Cómo me buscarían? ¿Cómo?". Ya luego, en calma, mamá me dijo: "por los tatuajes. Por los tatuajes...".

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La explosión, el puño arriba... '¡No enciendan cigarros!'

El chofer del bus nos bajó a todos al llegar a Insurgentes. Caminamos toda la avenida junto con las demás personas que no encontraban cómo moverse a cualesquiera que fuera su destino. Cristales rotos por todos lados, gente con crisis nerviosas, muchos más ayudando, otros más recomendando no prender encendedores o cigarrillos. Al llegar a Viaducto, una explosión en lo alto de un edificio nos puso aún más nerviosos. Nosotros lo que queríamos era llegar a Durango para confirmar que nuestros compañeros del turno matutino estuvieran bien.


El panorama en la Roma y la Condesa era desolador. Personas ensangrentadas, con las caritas llenas de polvo, corrían de un lado a otro. Otras más eran auxiliadas porque no se podían mover. Al llegar a Durango, nos dimos cuenta que el edificio ya estaba cerrado y nuestros compañeros a las afueras, estaban bien. Era momento de ejercer la profesión sabiendo que todos estábamos en buenas condiciones. Como pudimos y al no tener energía eléctrica, nos trasladamos a diversos puntos en donde pudiéramos informar a la ciudadanía lo que estaba pasando.


Tronaban las instalaciones eléctricas, pero Regina y yo nunca nos soltamos de las manos. Tomábamos fotografías, intentábamos enviarlas a nuestros compañeros que se habían quedado en casa de uno de ellos para poder generar notas con la información que nosotros íbamos pasando. Veíamos cómo los vecinos se organizaban para quitar escombros y cómo pedían silencio a todos levantando el puño para escuchar con mayor claridad a las personas que se encontraban heridas bajo kilos de piedras. Cuando el teléfono no nos dio para más, regresamos a encontrarnos con nuestros compañeros y decidimos que era hora de ir a casa a abrazar a los nuestros.


No se olvidará jamás...

Llegué a casa y mis papás ya estaban esperándome con los brazos abiertos. Yo no podía contener las lágrimas. Veía la televisión mientras conectaba mi computadora para seguir trabajando a distancia. Las imágenes eran aterradoras. Lo que vino después, todos lo conocemos y lo experimentamos de diversas maneras: ver la organización del pueblo, de la gente, de los mexicanos, para sacar adelante al país -como siempre lo ha sido- fue impresionante.


Así como no podemos olvidar las cientos de muertes ocurridas tras ese sismo del 19 de septiembre del 2017, tampoco podemos olvidar el poder de la juventud mexicana, el cómo hicieron uso de las redes sociales para organizarse y ayudar, para unirse a otras generaciones que ya habían experimentado una sensación similar en 1985. Hasta el día de hoy, no hay manera de estremecerse al escuchar el sonido de la alerta sísmica. Basta con recordar el último sismo vivido el pasado 7 de septiembre que nos hizo recordar aquel que también sucedió días antes del de 2017 y que fue catalogado incluso como el más fuerte del siglo.


Las cicatrices que dejó el terremoto del 19 de septiembre del 2017 no se nos borrarán jamás. Las abrazamos, las sentimos, las acariciamos porque ya son parte de nuestra vida, sin embargo, el dolor que provocan sigue siendo tan fuerte como si el sismo hubiera ocurrido hace apenas unos minutos...


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Foto de portada e interior de la nota: EFE.


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Lau Almaraz Lau Almaraz

Periodista egresada de la FES Acatlán.

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