La Guadalupana bajó al Tepeyac, ¿o no?

14 de diciembre de 2017

Karina Espinoza

De como una atea vive la experiencia guadalupana sin morir en el intento.

Todas las fotos son de Ileana Castillo para Cultura Colectiva Noticias.


No tengo fe pero me animo a buscarla. Lo hago por imitación, pues cada año cerca de seis millones de personas se escudan en su fe para caminar por días, para unirse a otros con un solo fin: ir a adorar una imagen. ¿Qué ven en ella?


Doce de diciembre y es día de la Guadalupana. Sólo pienso en los cuetes de la colonia y en la fiesta a medio camellón que organizan los de la base de microbuses a dos cuadras de mi casa. Sus adornos son los mismos cada año. Flores hechas con papel metálico tornasol que va del rojo al azul. El popotillo empieza a volverse amarillento, pero no importa porque está cortado a la medida de los tres por tres metros que abarcan las sillas y el nicho que hacen la fiesta. Los tamales son otra cosa, los hombres se los echan a mano, soplándose los dedos, y sus esposas los comen con mayor cuidado, de a poquito porque también tienen que ver que a sus hijos les toque y que el de al lado no se forme dos veces.


Son poco más de veinte personas cenando a media noche con el frío y la grabadora a todo volumen; quizá este año no alcanzó para el sonido porque en el 2016 pusieron más bocinas para que las mañanitas y el «la guadalupaaana, la guadalupaaana, la guadalupana bajó al-te-pe-yac», sonaran con poder y toda la cuadra se enterara de su devoción.


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Doce de diciembre a las nueve de la mañana y veo un mapita de las líneas del metro para saber dónde bajarme porque no conozco el rumbo de la Villa y me da miedo perderme, o más bien me da miedo que me roben el celular si lo saco a cada rato para ver si voy bien a través de las calles. Mi prejuicio es grande y se hace inmenso ante los datos que dan en la televisión: más de cinco millones ya están o estuvieron ahí. Ya dejaron 900 toneladas de basura a su paso y, ¡ay, peregrinos! Además, en la México- Tenancingo, en el Estado de México, ya atropellaron a ocho ciclistas que iban para allá.


¿Y si me asaltan? ¿Y si hay más policías para joder en lugar de cuidar a la gente que va? ¿Y si no regreso? ¿La Virgencita me va a cuidar?


Nueve y diecisiete de la mañana, salgo rumbo a la Villa. Pienso en el chiste eterno de “El que se fue a La Villa perdió su silla”. Veo el celular —que sí decidí llevar— y veo que alguien ya hizo un meme. Me río de él.


El Metro me va a dejar a unas cuadras; mi camino va en línea recta, así que no hay porqué estar nerviosa a pesar de que La Basílica está en la delegación Gustavo A. Madero, el piquito del norte del mapa de la Ciudad de México. Justo la segunda más poblada de la ciudad, después de Iztapalapa, así que los problemas de planeación urbana, abastecimiento de agua, transporte y seguridad pública no son menores. El año pasado esta delegación, junto con la Cuauhtémoc e Iztapalapa concentraron el cuarenta por ciento de las averiguaciones en delitos del fuero común en la ciudad. Y entre los cien municipios más violentos del país, esta delegación se alzó en el número 17. Sin contar que fue el número 20 de feminicidios en todo el país, según datos de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal de septiembre de 2016.


Pero respiro porque hay que tener fe. Se supone.


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La bajada es en la estación Deportivo 18 de Marzo. Unos pasos por Insurgentes y después dar vuelta a la derecha en calle Montiel. Fácil. Y al parecer bonito, porque hay un tianguis donde las pulseras para combatir el mal de ojo, los rosarios y escapularios dan su mejor brillo a las mesas de tarima; los cuadros de todos tamaños y las figuras de yeso a escala real no podían faltar, igual que las bocinas a todo volumen «ahora más que nuncaaa, te necesito junto a mííí, no abandones miamooor. Que me he entregado a ti, no podré sobrevivir, necesito tu calooor [...]».


Al compás de los Ángeles Azules y de reguetón, la gente se arremolina para comprar lo que el bolsillo le permita. Una pulserita de ocho pesos, un cuadro de ciento cincuenta, una figura de mil doscientos.


Por fin leo «Entrada», y ahí está la plancha frente a la Nueva Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe. Resaltan los penachos, la música, el olor a orines y copal quemándose. Todo se junta en la nariz.


Ya son casi las once de la mañana, el sol quema y la sombra hiela. No hay punto medio para nada ni nadie en este territorio. Lo sé porque quienes bailan parecen poseídos o en drogas: se quiebran el cuerpo en los giros, plantan los pies al piso con golpes contundentes; duele de sólo verlo. Quienes se empeñan en entrar a la Basílica se juntan a empujones, se sueltan a llorar. Los que duermen en el piso, parece que lo hicieran en su cama —panza arriba sobre cobertores y cobijas— y no en medio de la plaza del santuario de la iglesia católica más importante y visitada de América Latina.


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Y ahí, en medio de todos, descubro el mito. Según Roland Barthes, «en el mito, la comunicación no tiene importancia, incluso no importa lo que rodea al mensaje ni el mensaje mismo, sino la forma en que se profiere el mensaje: El mito es forma y no sustancia». La fe es mi mito. Y todo adquiere sentido, no es la naturaleza de las cosas (ni La Virgen), sino lo que se elige para «hablar con ella». Porque sí, aquí en medio de los bailes, las lágrimas, los reproches y las risas hay un propósito: tener la bendición —un favor—.


Ahí, en medio de todo, ya no tengo miedo de que me roben el celular en uno de los empujones para entrar al templo. Pero sigo teniendo miedo de morir aplastada por la fe —de los demás— que entran con mucha enjundia a tomar fotos al cuadro en el altar. No sé si es un milagro de la Virgencita o el hecho de que la realidad supera cualquier prejuicio tarde o temprano. Al salir, incluso hay espacio para más que ver bailar a las comparsas de carnaval que vienen desde Puebla, Guadalajara y Toluca. Hay tiempo para atender a los extranjeros que escuchan misa en inglés en una de las capillas que están de camino rumbo a la Basílica antigua (esa que construyó Pedro de Arrieta de 1682 a 1708).


La misa (in the name of God, decían los feligreses) termina pronto, pero la gente sigue llegando. Los rotoplas con agua potable se siguen vaciando y rellenando. La basura —1270 toneladas— se sigue acumulando de a poquito en los rincones. Las lágrimas, los arrepentimientos, los pies hinchados y hasta las malas intenciones se siguen sumando en las historias que llevarán de vuelta quienes están hoy aquí, incluso yo, que estoy de salida a recorrer de vuelta el camino por el que llegué. No hay certeza de lo que implica esto para todo el que se anime a buscar su fe —no sólo en la religión—, porque una cosa es cierta, no hay fe que alcance para arropar a quien no la tiene.


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ETIQUETAS: ciudad de méxico
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Karina Espinoza Karina Espinoza Periodista

Comunicóloga. Escribo y edito. Clavada del arte, la estética y el género. Marguerite Yourcenar y Julia Kristeva son mis superhéroes favoritos.

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