OPINIÓN: Un Mijis en el país aficionado al clasismo

Alex RuelasJueves, 12 de julio de 2018 12:20

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El caso de El Mijis vino a resaltar el profundo clasismo que se vive en México.


Hace poco, en un día particularmente tedioso, tomé fuerza para emprender el martirio que es ir al banco. Me formé en la fila de gente cabizbaja por el suplicio de estar en esa sucursal y esperé mi turno para hablar con un asesor. 


Por fin, llegó mi momento de informar a la señorita que quería abrir una cuenta, una de esas que sirven para lo mismo que poner los billetes bajo el colchón pero que te dan una bonita tarjeta. “Perfecto”, respondió, “tenemos esta que sólo le pide mantener un saldo mínimo de 6 mil pesos para no incurrir en cargos”. No, disculpe pero quiero una que no cobre nada aunque ahí sólo haya tristes centavos. La mujer levantó la ceja. Fue apenas un instante, justo lo suficiente para mostrar su desaprobación hacia mi falta de dinero. 


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Los pobres en México son invisibles ante los ojos de miles. (Foto: El País)


Algo similar ocurre en los restaurantes cuando el mesero se ofende un instante ante la osadía de decirle que para beber sólo quieres un vaso con agua. Y no, no quiero una botellita, quiero me sirva del maldito garrafón. Del filtro, ya de pérdida. No sólo por la inutilidad de usar plástico para transportar líquido que abunda en la cocina, sino porque es ridículo pagar por algo tan esencial como el oxígeno que despilfarro en cada inhalación.


Podría parecer que estoy quejándome de nimiedades, pero esas pequeñas actitudes reflejan algo tristemente característico de nuestro país: somos adictos a los juicios clasistas. A la menor provocación, nos encanta recordar a los demás lo pobres que son para sentirnos un poco mejor con nuestra propia versión de la miseria. 


Para juzgar no es necesario siquiera estar en una posición de ventaja. Como el genio que desdeña al vecino por tener la piel medio tono de café más oscuro, cualquiera puede llamar naco al prójimo. Que los jodidos vayan a votar por el populismo con la mugre de los codos, yo voto por la gente bien aunque tenga 28 años y no me alcance para mudarme de casa de mis papás. 


El látigo del desprecio pseudomirrey desató recientemente su furia contra el nuevo diputado federal conocido como El Mijis. Leer su historia sin verle la cara es encontrarse con un tipo ejemplar. Creció en una colonia ínfima de San Luis Potosí, casi se ahogó en el mundo de las pandillas y salió para intentar rescatar a los más posibles de ese infierno. Lleva 15 años ayudando a sanar la violencia callejera y ahora tendrá un curul en el Congreso. Es tal vez el único ejemplo de genuina representación popular que nos dejó esta elección.


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Mientras unos aspiran ser como Slim, los que no tienen oportunidad son ignorados. (Foto: RTVE)


Sin embargo, César Carrizales, su verdadero nombre, tiene el fatal defecto de llevar en sus tatuajes al barrio que lo crió. Como era de esperarse, se convirtió en blanco de una sociedad que se atribuye el derecho a creerse mejor que él. Con absoluta ignorancia de su trabajo, le tiraron cualquier cantidad de insultos, desde el clásico “gato” hasta condenas improvisadas por una acusación de homicidio de la cual, en realidad, fue absuelto. 


A quien pudimos haber celebrado como triunfo de nuestra precaria democracia se convirtió en escaparate de complejos. Había que apedrear al Mijis para simular que nos parecemos más a Carlos Slim que a los 50 millones de mexicanos pobres. ¿Qué crees? Tu vida clasemediera es mucho más afín a la de quien desprecias que a la de tu ídolo. Él lo único que quiere es que pagues tu celular.


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El Mijis llegó para dar una lección del clasismo que sufre hoy en día México. (Foto: El Sol de San Luis)


También destapó la hipocresía de los defensores del neoliberalismo. En este sistema es pobre el que quiere y lo es gracias a su holgazanería, ¿verdad? Entonces, ¿por qué cuando alguien que viene de abajo llega por mérito propio a una posición de relativo poder, parece encomienda divina recordarle que no pertenece, que su lugar está en la carencia?


A Carrizales le tocó convertirse en ejemplo superlativo de un mal que transpira todos los días en las más pequeñas acciones. La verdad, nada debería sorprendernos que una figura pública sea sometida a tal lapidación cuando vemos normal tener que pagar miles de pesos en botellas sólo por el privilegio de sentarnos en un bar. 




*Las columnas de opinión de Cultura Colectiva News reflejan sólo el punto de vista del autor.

ETIQUETAS: México
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Alex Ruelas Alex Ruelas Periodista, ambientalista

Periodista, ambientalista y vagabundo en potencia. Predicador de la belleza de las palabras y el sarcasmo saludable.

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