OPINIÓN: El día que subí a un volcán en erupción en Guatemala

Cultura ColectivaJueves, 7 de junio de 2018 9:11

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Estamos todos sorprendidos por la erupción del volcán de Fuego de Guatemala. Enrique G de la G nos cuenta cómo es subir a un volcán activo de Guatemala


¡Órale! ¿Y eso?


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Río de lava en el volcán Pacaya. (Foto: Enrique G de la G)


Empecemos por el Paricutín

Tenía 8 años cuando mis papás me llevaron al Paricutín. Acababa de pasarme los días analizando un atlas de la luna y, de pronto, estaba en un paisaje absolutamente lunar al que no había llegado a bordo de un cohete sino sobre un pobre caballo que renqueaba. Regresé a casa con piedras volcánicas y ceniza, que guardé durante años, y que por ahí deben seguir.

Desde entonces estoy obsesionado con los volcanes.


Mi segunda experiencia volcánica fue cuando, diez años más tarde, el Popocatépetl inundó con una gruesa capa de ceniza la habitación que alquilaba.


Durante los siguientes diez años devoré cuanto pude sobre volcanes: leí Bajo el volcán de Malcolm Lowry, vi documentales, estudié cuanta bibliografía caía en mis manos, me emocioné al encontrar el acta de nacimiento del Paricutín y blogueé no pocas veces sobre este volcán. Hasta me di a la tarea de buscar a la familia de Dionisio Pulido, el indígena tarasco –la moda de ahora es decir purépecha– en cuya parcela brotó el Paricutín. No tuve suerte.


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El Paricutín retratado por Juan Rulfo. (Foto: Fundación Juan Rulfo)


En su momento, el Paricutín fue crucial para la vulcanología, pues fue el primer volcán que se pudo estudiar científicamente desde su gestación. Cautivó también a los artistas, como al Dr. Atl, a Juan Rulfo y a Walter Reuter.


El Paricutín acaba de cumplir 75 años de edad. En la comunidad se reunieron algunos testigos y sus descendientes para contar recuerdos. Se puede ver la presentación en línea. Lo más sorprendente es escuchar cómo la gente no entendía qué estaba pasando. Dice la hija de uno de ellos que era debido a la ignorancia, ¡pero quién se iba a imaginar que de pronto fuera a brotar un volcán de la tierra!


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Póster promocional del Paricutín, 1994. (Foto: Departamento de Turismo de la Secretaría de Gobernación)


Luego, los volcanes de Guatemala

Pasados otros diez años, fui a Guatemala con la familia. Una tía nos recomendó ir al volcán Pacaya, que está muy cerca del volcán de Fuego y que, sobre todo, estaba activo desde el año anterior. ¡Allá fuimos!


Por unas pocas monedas, los guías te llevan hasta donde comienza el pedregal volcánico. Ya después, no se debe seguir. Pero –lo confieso– por unas pocas monedas más, seguimos.


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Ascenso al volcán Pacaya. (Foto: Enrique G de la G)


Si en el Paricutín vas por el suelo cubierto de ceniza, acá todo era piedra volcánica. A diferencia de los conquistadores que subieron el Popocatépetl para extraer los minerales necesarios para producir pólvora, nos dirigimos hacia las fumarolas de los cráteres secundarios, a una distancia accesible.


Quien sepa de asadores sabe que el color blancuzco de las rocas (o del carbón) indica una alta temperatura. Es mejor esquivarlas. El avance es lento, pues cada rizo de la roca cala y se hinca en la suela. Te tuerces los tobillos. Te rajas las palmas de la mano. Hace calor. Te quitas la chamarra. Estás encima de un horno.


Hasta que llegas a un río de lava. Es un espectáculo inolvidable y fascinante: el rojo incandescente cubierto por una piel de escamas negras, el crujir de la lava que avanza con toda lentitud, el calor que emana y amenaza.


Inserto el bastón con el que me ayudé durante el ascenso. La madera se enciende de inmediato y no soporto más que unos segundos porque sale disparada hacia mí una ráfaga insoportable de calor.


Alguien grita porque se le derritió la suela del tenis. ¡Vámonos de aquí! Veo, a lo lejos y apagado, el volcán de Fuego.


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Un río de lava desciende por la ladera del volcán Pacaya, en Guatemala. Al fondo, el volcán de Fuego.

(Foto: Enrique G de la G)


El fuego del volcán

Hay un video en YouTube de un tipo corriendo sobre un río de lava: un tipo inconsciente de la magnitud de energía que encierra.


Bajo el volcán descubrí un estanque de agua. Me explicaron los guías que se hacen experimentos con la lava para calentar el agua y extraer una fracción de esa energía. Pero es una fracción ínfima. El ingenio humano aún no encuentra la manera para aprovechar eficientemente esa energía. Se desperdicia casi en su totalidad.


¿Cuándo diseñaremos la fórmula para extraer la energía de los volcanes?


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Para leer


Susan Sontag

El amante del volcán

Alfaguara, 432 páginas


Esta es una de las seis novelas que publicó la gran Susan Sontag (Nueva York, 1933-2004). No trata sobre un volcán, sino sobre Emma, quien se casa con el viudo William Hamilton, uno de los grandes vulcanólogos del siglo 18.


El volcán de la novela remite al carácter de Emma, quien no se deja etiquetar como la esposa-trofeo y, en cambio, descubre en el almirante Nelson, en el héroe de guerra, un carácter donde se ve reflejada ella misma.


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Susan Sontag, El amante del volcán. (Foto: Alfaguara)


Se trata de una novela compleja –como todo lo que escribió Sontag– donde convergen no solo el Manhattan del siglo 20 con el Nápoles del siglo 18, sino también el feminismo, el coleccionismo de arte y las distintas formas de la pasión amorosa.

Juan Goytisolo y José Saramago presentaron El amante del volcán diez años antes de que muriera la autora. Esa tarde, Sontag dijo que se trataba de su mejor libro. ¿Será?


A mí me impresionó especialmente Regarding the pain of others. Y cuando pienso en que subí el volcán activo de Guatemala, y que a la vuelta de los años el volcán vecino causaría tanto dolor y destrucción, me da pesar. Los volcanes tienen esa energía devastadora que no logramos dominar, ni para bien ni para mal.


Enrique G de la G

Contacto: [email protected]


*Las columnas de opinión de CC News reflejan sólo el punto de vista del autor.


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