PUBLICIDAD

ARTE

El día que seguí, viví y bebí con un artista: el escultor G.


El arte verdadero es peligroso.
El arte auténtico es una actividad hostil en la que la salud se escapa mansamente.
Estas fueron las primeras enseñanzas que extraje del día que seguí, viví y bebí con un artista: el escultor G..

Están los bailarines que concluyen su carrera con los tobillos como la bola número tres del billar. Los escritores si no acaban ciegos, terminan con la espalda a punto de caramelo para cualquier reumatólogo. Los cantantes cuidan su voz hasta límites insospechados y locos. Se comenta incluso, que algunos violinistas, en los postreros compases de su existencia, viven bajo la tiranía de la tortícolis permanente; ladean inconscientemente la cabeza cual si fueran decapitados a los que ha quedado un hilo de cuello por cortar.

La de los cuerpos no es la única destrucción pareja al arte. El artista sin fisuras, el artista puro, se enfrenta a otro dolor mucho más acuciante y contemporáneo: el riesgo a no alcanzar el mínimo suficiente para pasar el mes sin pena y menos con gloria. Pero bien, eso es arena de otro costal... aunque pensándolo bien, la pobreza es el estado anterior a la enfermedad: la protoenfermedad.

El escultor G. y yo habíamos quedado en encontrarnos el viernes temprano, en el barrio barcelonés de Sants. Las nueve era una hora significativa que tiraba por tierra cualquier mito acerca de la rutina alocada y bohemia que se presupone a los artistas.

A la postre fui yo quien no pudo acatar lo acordado y me presenté dos horas más tarde en el taller de G. Quizá por emular lo que pensaba de los artistas, decidí alargar la noche anterior en el centro de la ciudad y por la mañana me fue imposible desprenderme de las sábanas antes de las once. Haciendo acopio de redención, llamé a G. para disculparme por la impuntualidad y para comentarle si era necesario que llevara algún tipo de presente exculpatorio:

–Perdóname, ¿quieres que te traiga algo de comer? ¿Tal vez unas latas de cerveza?

El escultor G. respondió negativamente y corroboré de nuevo que la rutina de los artistas está muy alejada de la absenta y el opio. No llega ni a la cerveza matinal. De algún modo fantasioso, mientras imaginaba cómo transcurría ese día a su lado, tenía la vaga esperanza de que en su taller hubiese mujeres y hombres desnudos, despojados en grandes cojines, hachís y opio recorriendo los pulmones de los presentes, Velvet Underground o una citara india sonando a todo volumen; pequeños carnavales en el tiempo ralentizado al que nos envían las substancias lisérgicas.

G. me recibió amablemente en su taller, portando un delantal ajado lleno de pintura seca y una máscara para evitar la inhalación de gases tóxicos. Parecía sacado de un futuro apocalíptico en el que los carniceros deberán protegerse para cortar carne modificada genéticamente. Allí no había nada de lo soñado, y debo reconocer que no sé hasta qué punto me hubiese sentido cómodo en la estampa mítica sacada del siglo XIX parisino. En el taller del escultor G., solamente estaban el trabajo, el desorden febril y la radio sintonizada en una cadena de música pseudoalternativa.

El arte verdadero es físicamente destructor, eso ya lo he dicho. Sin embargo, lo más peliagudo del tema, es que el arte auténtico puede llegar a devastar no sólo al artista que lo produce, sino a los que le rodean. ¿Cuántas parejas habrá ajado la literatura? ¿Cuánta capacidad auditiva habrán perdido los padres y madres de un trompetista? El arte tiene el efecto de una granada de mano: arrasa el epicentro de la explosión y produce una onda expansiva mortífera. Como más intenso es el arte más destructor es su radio de acción.

En su taller, el olor químico enturbiaba mi cerebro y el cordial artista me prestó una máscara para protegerme del efecto nocivo de los gases tóxicos, desprendidos de los materiales con los que trabajaba. La amenaza tenía dos nombres: Poliéster y Polvo de hierro. Pese a que su inhalación esporádica sólo llega a producir un leve mareo, la exposición continuada a esas substancias puede causar afecciones pulmonares y siderosis[1].

Estábamos el artista G. y un servidor, con las bellas máscaras antiandrax adornando nuestras cabezas. Aún no empezaba el día a día de un artista pues G. por las mañanas trabaja como ayudante del reconocido escultor barcelonés S...
Cual en las viejas relaciones laborales de la Edad Media, G. se gana el pan como ayudante de S... Realiza aquella prácticas más anodinas desprendidas del ejercicio escultórico y aprende a marchas forzadas las técnicas más secretas del arte.

Cuando nos encontramos en el taller donde trabaja G. (taller que S. alquila sin obtener beneficios a una decena de artistas de distintas disciplinas), el escultor que yo debía seguir durante un día entero, estaba rellenando unos moldes de silicona con un mejunje asqueroso. Una vez compactado y seco, ese líquido grisáceo se convertiría en una obra de arte. Emulando a Pink Floyd, podemos decir que eso era la cara oscura, no de la luna, sino de la escultura. Los bajos fondos ciudadanos o los barrios marginales del arte estaban en una substancia oscura y altamente tóxica.



A eso de las doce fuimos al taller que posee el escultor S. a pocas calles de distancia del taller de G. y en ese lugar, como en la dinámica de clases marxista, encontré, seguramente por su pulcritud, los estratos medios de la escultura. Allí estaban las obras tan sólo como ideas o en las últimas fases de su creación. Las clases altas, la burguesía de la escultura, se encontrarán, supongo, en las casas de los ricos o en las impías galerías del centro de Barcelona y el barrio de Gracia.

Saludamos a S. y luego volvimos al taller oscuro que cada vez me agradaba más. Entre el polvo, las emanaciones gaseosas y el desorden, empezaba a sentir una perfección hogareña, una unidad que gritaba arte. "Es necesario llevar un caos, para poner en el mundo una estrella danzante" ¡Oh sí Fiedrich cuánta razón tenías!

Había llegado la hora de comer. ¿Qué comerán los artistas? ¿Comen o ahogados en su creatividad se olvidan de llevar a cabo esa necesidad básica? Fuimos a casa de unos amigos portugueses de G. (también portugués). La pareja lusa (también relacionada con el mundo del arte) vive en una casa del barrio de Sants con mucho encanto y que posee un exiguo patio que al instante envidié. Llamé a mi novia (I.) a la que en un alarde de progresía llamo xurri, pareja o incluso compañera en mis días más revolucionarios. En la comida estábamos G., Ge., X., I, y yo y también una chica de Valencia que había nacido en Cuba.

Comenzaba a entender que la vida de un artista se parece mucho a la mía, y eso que en un primer momento me parecía intolerable, al rato empezó a gustarme. Las mismas comidas, las mismas conversaciones, las mismas preocupaciones, las misas risas a las mismas bromas. El mismo silencio de aburrimiento... ¿Y si la vida del artista no existe más allá de la acción artística?

Tras la amena comida volvimos al taller y G. pudo por fin, trabajar en su escultura. Otro desengaño ocurrió entonces. No había bloques de mármol ni cinceles, no había bronce. Me sentí decepcionado al instante y absolutamente estafado por las enseñanzas clásicas de los maestros escultores. ¡Qué farsante Miguel Ángel cuando afirmaba que cada bloque de piedra esconde una figura en su interior y la labor de cada escultor es descubrirla!





G. enchufó su sierra de disco a la corriente, y como si fuera un cirujano de animales monstruosos, arremetió con fuerza contra su escultura. Pasó horas con la herramienta eléctrica puliendo su escultura; tiempos de chispas y ruido infernal... eso al fin era el arte, menuda decepción.

Justo cuando pensaba que el último mito de los artistas caería también, oí su voz reclamándome en la sala de partos.

–Ven un segundo, necesito poner la escultura en pie.

Estaba leyendo y abandoné la tarea malhumorado. Con esfuerzo enderezamos el amasijo de polvo de hierro y entonces todo cambió. G. inició una sutil danza alrededor de su escultura: la observaba por detrás, se acercaba a ella, la miraba cara a cara, la tocaba... Todo esto en un silencio sepulcral lleno de sentidos. Parecía como si él y su obra dialogaran buscando puntos en común. Ella quería ser algo, pero G. se resistía a que lo fuera. Él consideraba otra opción pero la estatua planteaba la imposibilidad de esa deriva.

https://img.culturacolectiva.com/content/2015/01/Captura-de-pantalla-2015-01-22-a-las-10.06.44.png https://img.culturacolectiva.com/content/2015/01/IMG_0065.jpg https://img.culturacolectiva.com/content/2015/01/IMG_0130.jpg

 Al rato la escultura volvió a su tumbada posición original y de nuevo la atronadora radial de disco y las chispas inundando el taller.

Apreció por allí un compañero de taller de G. que tenía que construir un traje de metal para un amigo suyo. El amigo en cuestión vino más tarde y pude escuchar cómo el uno al otro se interpelaban cariñosamente como "puta", "zorra", "divina" o "loca". Según supe más tarde ese traje dorado de gladiador sería usado en una performance queer por el compañero de taller de G.

Había acabado la jornada de G. como escultor y nos fuimos a la bodega a la que siempre voy los viernes por la tarde. Uno acaba cogiéndole el gusto a que el barman le ponga lo que quiere sin haberlo pedido con tan sólo entrar por la puerta. Cierto es que las opciones son pocas y el propietario del bar, J., tiene escasas probabilidades de fallar: cerveza negra, cerveza rubia o mezcla de las dos.

Al bar fueron acudiendo amigos de G. y míos, que al fin formaron un grupo ecléctico en el que estaban representadas numerosos nacionalidades y divergentes caracteres. Bebí una cerveza, luego otra, luego una tercera y empecé a recuperar ese leve mareo mañanero producido por el poliéster y el polvo de hierro. Ya estábamos listos para vivir la noche y en manada nos fuimos hacia otro barrio, como si fuera otra ciudad, para bailar un poco. Lo que sucedió entonces es harto conocido por todo el mundo y no tiene sustancia literaria alguna.

Durante las semanas posteriores he estado reflexionando acerca del día transcurrido con G. ¿Es mi existencia distinta a la del artista? Debo reconocer que se parecen bastante: los mismos bares, conocidos compartidos, similar forma de entender la noche... sin embargo hay algo que nos distancia, un sólo instante. Es la danza de G. alrededor de su escultura, es el silencio dialogante entre él y su arte. La diferencia es ese instante, ese momento en el que la vida del artista se aleja a millones de años luz de la del resto de mortales... eso, lo cambia todo.  

***

[1]
Para los que se toman a broma esta idea, es decir el riesgo que conlleva el arte, seguidamente hablaré brevemente de la siderosis. Dicha palabra de resonancia maléfica define una enfermedad pulmonar del grupo de las neumoconiosis. Este grupo de dolencias pulmonares suelen afectar a los mineros y consisten en una disposición anormal de partículas minerales orgánicas en los bronquios, los ganglios linfáticos o la parénquima pulmonar. Todo esto puede producir irritación de las vías aéreas. 

 

Podría interesarte
Etiquetas:datos curiosos
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD