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ADULTO

La lujuria del Edén


Entre Fernet y vino esperábamos la noche; eran las once menos veinte y, como la tradición lo planteaba, nos íbamos tarde a la fiesta. Laura decoraba su cuerpo con prendas diminutas, una falda negra delineaba su perfecta figura, su culo tonificado, me excitaba completamente. En la parte de arriba tenía una blusa roja, sus senos se asomaban un poco paralizando mi mirada.

 ¡Andrés, qué miras!, entre risas me dijo, y comenzó a bailar seductoramente, tirándome en la cama y metiendo su lengua en mi boca, apreté fuertemente su culo y su pelvis se movió candentemente; la cumbia popular ponía ritmo a su cuerpo, el compás de los bongós la atrapaba, lamió su mano y la metió en mi pantalón, su mano húmeda me ponía erecto. La canción cambió, Laura le dio un trago al Fernet con Coca y se paró enseguida, -vístete ya, vamos. Ella siempre se comportaba bipolar, me provocaba y se detenía, Laura y yo éramos buenos amigos pero también nos acostábamos de vez en cuando. Me coloqué una remera blanca para el clima de verano y nos fuimos caminando por la Plata en dirección a una casa antigua que yacía al lado de una plaza. Entramos a la fiesta encontrándonos con unos amigos.

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Un poco de hierba estimuló la noche, los diferentes ambientes de la casa nos acogían a todos, las chicas contraían el abdomen con la electrocumbia que no se detenía, varios se mantenían en la barra comprando algunos tragos, el humo de la nicotina se veía espeso en el techo formando una nube blanca. Laura empezó a bailar con otra chica, las dos mujeres me excitaban profundamente, ellas meneaban ardientemente sus caderas de lado a lado mientras se tocaban las tetas pidiendo sexo; deseaba que no acabara ese momento impredecible pero, en contra de mi estímulo, me obligué a caminar por el lugar; hallé una antesala con varias puertas cerradas, el pequeño lugar se encontraba saturado y toda la gente danzaba mirando hacia un cuarto con un gran hueco como entrada, el piso se encontraba forrado en terciopelo rojo y una cama gigante rompía con el espacio de la habitación. Un hombre desnudo acostado boca arriba, una mujer boca abajo, el 69 se ejecutaba a la perfección: la mujer jugaba con su lengua y repentinamente absorbía el pene, el hombre se contraía por completo, pero no interrumpía su labor, él apretaba el culo de la mujer con ayuda de sus manos y así sumergía con desenfreno su cara en la vagina, una explosión de orgasmo se empezó a sentir, las energías se esparcían por la habitación, el líquido blancuzco invadió la boca de la mujer, quien inmediatamente se levantó acercando su boca a la del hombre, un beso detonador de los fluidos sorprendió a todos los espectadores, dos gemidos intensos se escucharon superando la fuerza de la música. La cama se volvió la sensación de la fiesta, todos querían estar allí.

Encontré a Laura pegada a la boca de su compañera, les propuse ir al Edén de la lujuria y contaminarnos de todos los pecados. La cama estaba invadida, las sábanas mojadas goteaban los fluidos, las ventanas sudaban el calor del ambiente, el piso se había convertido en un mar de personas, los gemidos opacaban la música improvisando un mejor ritmo. Entré con Laura y su compañera, nos acostamos en el único espacio que quedaba en toda la habitación, las personas se movían como si fueran un solo cuerpo y rápidamente las prendas iban desapareciendo. Laura me puso su boca, mientras su compañera, Karina, pasaba su lengua por mis orejas. Mis manos no se quedaban quietas: tetas, culos, clítoris estaban a mi disposición; yo sólo apretaba sin cesar, la situación candente me inspiraba cuando ellas se besaban, no olvidaban que era un trío, una orgía o como quieran llamarla, estaban ahí conmigo.

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Mi cuerpo acostado se concentraba en los impulsos que viajaban dentro de mí, las manos de las mujeres me masturbaban prolongadamente; Laura se subió en mí, su movimiento sensual me iba a hacer explotar, el orgasmo también contraía su cuerpo, Karina se arrodilló dejando mi rostro justo debajo de ella, mi lengua entraba perfectamente en su vagina dándome total libertad de movimiento; Karina gemía seguidamente mientras tocaba las tetas de Laura y cada vez que podía la besuqueaba con pasión. Éramos el triángulo perfecto, el calor de la sangre hirviendo empezó a invadir nuestro cuerpo, Laura se movió con más velocidad y Karina no paraba de manosear y de mover su pelvis en mi boca. Mi lengua fugaz y repentina podía cambiar el ritmo del clan, el orgasmo llegó. Nuestros cuerpos exhaustos se extendieron en medio de la gente, nuestra respiración se detenía lentamente. En la habitación se respiraba extenuación, los rayos penetrantes del Sol iluminaron los rostros de todos y poco a poco la desnudez empezó a desaparecer. La lujuria había terminado, al menos por esa noche.

La fotografía que ilustra este cuento pertenece a Oleg Sizonenko.

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